En el principio, pues, era el Caos; después la Tierra de anchos flancos, base segura ofrecida para siempre a todos los seres vivos, y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, aquel que desequilibra los miembros y subyuga, en el pecho de todos los dioses y todos los hombres, el corazón y la sabía voluntad.
Del Caos nacieron el Erebos y la negra Noche. Y de la Noche, a su vez, salieron el Éter y la luz del Día. La Tierra, primeramente, engendró un ser igual a sí misma, capaz de cubrirla por entero: el Cielo Estrellado, que debería ofrecer a los dioses bienaventurados una base de sustentación segura para siempre. Ella puso en el mundo también las altas Montañas, agradable morada de las diosas; las Ninfas, habitantes de los montes y valles. Engendró también el mar infecundo de furiosas olas, Ponto, sin ayuda del tierno amor. Pero, en seguida, con los abrazos del Cielo, ella engendró al Océano de torbellinos profundos, y a Ceo, Críos, Hiperión, Yapeto, Tea, Rea, Temis, Mnemosine, Febe coronada de oro y la amable Tetis. Tras ellos vino al mundo Cronos, el más joven de todos, dios de malignos pensamientos, el más temible de todos sus hijos; y Cronos se llenó de odio por su exuberante padre.
17.3.11
16.3.11
De la negra Noche nace Eros
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| Saturno, de Agostino de Duc |
En el comienzo, lo que existía era inerte (dice Ovidio, poeta latino). Era un peso muerto. Un montón de elementos dispares.
En ese tiempo, ninguna luz daba al mundo calor y claridad. Ni el Sol ni la Luna recorrían todavía la bóveda celeste, transformando cada día en un nuevo día, y cada noche en una noche clara.
La Tierra todavía no estaba suspendida en el aire, equilibrada por su propio peso. Y Anfitrite, la reina del mar, no había extendido aún sus dulces brazos hasta las márgenes.
Tierra y Mar eran una mezcla indistinta de vida y agitación.
El suelo no tenía densidad. El mar no fluía. El aire no tenía luz. Nada poseía forma propia. Y en el interior de esa masa única, se entablaba la constante batalla de los principios opuestos: el frío combatiendo al calor; la humedad contra la sequía; la liviandad contra el peso.
Poco a poco, un germen inteligente, un dios ordenador emergió del Caos. Definió (delimitó) y armonizó (equilibró) todo, según su soberana voluntad. La paz se hizo en el universo. Pero permaneció para siempre encendida la chispa del conflicto, porque el orden, el límite y el equilibrio no son estáticos...
Las criaturas de la Oscuridad
| Saturno devorando a sus hijos, de Goya |
Los antiguos griegos forjaron varias versiones sobre el origen del mundo y de las criaturas. Algunos creían que lo primero que existió fue la Oscuridad. Y de ella fue engendrado el Caos. De la unión del Caos con la Oscuridad nacieron la Noche, el Día, el Erebo y el Aire.
La Noche y el Erebo se casaron. Tuvieron como hijos a muchos espíritus de sufrimientos y a otros muchos liberadores: la Perdición, la Edad, la Muerte, el Asesinato, la Abnegación, el Sueño, los Sueños, la Discordia, la Miseria, el Castigo, la Alegría, la Amistad, la Piedad, las tres diosas del Destino, etc.
El Día (femenino en griego) y el Aire también se unieron y engendraron a la Tierra, al Cielo y al Mar.
El Aire y la Tierra se unieron a su vez. Y dieron vida al Espanto, la Ira, la Disputa, la Mentira, las Injurias, la Venganza, el Exceso, el Olvido, el Miedo, la Vanidad, la Lucha, la Artesanía. Más tarde nacieron aún los Titanes, el Tártaro y las tres Erinias.
Cuando toda la creación estuvo lista y ordenada sobre el Mundo, Prometeo creó al ser humano, y le pidió que poblase la Tierra.
La Tierra, el Cielo y la fuerza de Eros
Para los órficos, fieles seguidores de las enseñanzas del poeta Orfeo, el principio de todas las cosas es Cronos (Saturno), el Tiempo. Este dios devorador es quien habría dado origen al Caos y al Éter. Todo en derredor del Caos y el Éter existía la Noche, que abrazaba al gran espacio como una sólida cáscara, y le confería el aspecto de un gigantesco huevo.
En ese huevo nació Fanés, la luz, que se unió a la Noche y en ella engendró al Cielo, la Tierra y a Zeus (Júpiter).
Contaban los órficos también que la Noche no formaba una cáscara, sino que era un ave negra de enormes alas. Y que, fecundada por el viento, puso un huevo de plata en el seno de la oscuridad original, entre el Cielo que estaba arriba y la Tierra que yacía abajo.
Del huevo salió Eros, el Amor Universal, el Protógonos ("el primer nacido").
Eurinome y Ofión engendran el mundo
| La mutilación de Urano, de Vasari |
Otros poetas dicen que en el inmenso Caos vivía, solitaria y poderosa, la bella diosa Eurinome. Le gustaba mucho danzar, pero, como no encontraba nada sólido donde apoyar los pies, separó el mar del cielo. Y empezó a saltar, feliz, sobre las ondas que formara.
Fue danzando en dirección al sud, agitando con violencia sus ágiles piernas, cuando súbitamente se levantó, del lado norte del mundo, un viento muy fuerte.
Como le resultara agradable el aire fresco que le proporcionaba el viento, decidió empezar con él la obra de la creación.
Abrazó a su fluido compañero y, con manos nerviosas, lo restregó incansablemente, hasta que lo tornó sólido.
El viento se transformó en una serpiente de nombre Ofión, que se extendió a los pies de su creadora.
Como hacía frío, la bella diosa volvió a bailar (ahora con redoblada violencia), para entrar en calor.
La serpiente se enamoró de ese cuerpo enérgico y esbelto cuyas formas se agitaban frente al suyo.
Y se unió a Eurinome, haciéndola engendrar todas las cosas que existen en el mundo.
Para que sus hijos nacieran, Eurinome tuvo que transformarse en paloma, y sentarse en las olas del mar. Llegado el momento, la paloma puso un huevo que contenía el germen de todos los seres. Después, Ofión se enroscó siete veces alrededor del huevo, para incubarlo.
Cuando se rompió la cáscara, del huevo salieron el Sol, la Luna, los Planetas, los Astros, la Tierra (con sus montañas y ríos), los árboles, las plantas, los animales y los hombres.
Pero Ofión empezó a pelear con su creadora. Quería ser el único rey de la naturaleza, ya que de su semen había nacido todo.
Eurinome se irritó y atacó a Ofión. Le rompió los dientes y lo obligó a encerrarse para siempre en las profundidades de la Tierra.
Soberana absoluta, Eurinome continuó su obra. En cada planeta colocó dos Titanes, para procrear las especies. Tía (Theia) e Hiperión se convirtieron en señores del Sol; Febe y Atlas, en señores de la Luna, y Dione y Críos, Metis y Voyos, Temis y Eurimedón, Tetis y Océano, Rea y Cronos reinaron sobre los otros planetas.
Cronos devoraba a sus propios hijos, para que no le usurpasen el poder. Sólo Zeus escapó a la furia de su padre; lo destronó e instaló en la Tierra el reino de los Olímpicos.
Así contaban los pelasgos, antiguos habitantes de Grecia, la historia de la creación.
11.3.11
Saturno, señor del universo
| Dea Tellus, Diosa Tierra, relieve romano |
Para no tener que encararse con ellos, el Cielo estrellado los obliga a vivir en el vientre oscuro de Gaia (la Tierra), sin ver jamás la luz del día.
A Gaia la hace sufrir esa reclusión de sus hijos. Sufre también con la continua fecundidad que le impone Urano (desde que se unió a él su vientre no ha cesado de engendrar). Y empieza a odiar a su celeste esposo.
Decide vengarse de él. Llama a los Titanes y les pide que la ayuden a destronar a Urano.
Todos se niegan. Sólo Cronos (Saturno) acepta el encargo de su madre, porque ya se había rebelado ante sus sufrimientos.
El valiente guerrero del Tiempo promete a Gaia que la vengará. Y ella le entrega la afilada guadaña que, con terrible propósito, venía preparando hacía tiempo.
Cuando Urano se aproxima a la esposa para fecundarla nuevamente, Cronos se arroja sobre su padre. Lucha con él y lo vence.
Urano sangra y se retuerce. Un grito de dolor resuena en todo el mundo.
Los genitales de Urano vuelan por el espacio. La sangre corre sobre la tierra y sobre las aguas.
En el mar, los órganos con el semen expelido forman una espuma blanquísima, de la cual surge Afrodita (Venus), diosa de la belleza femenina y el amor.
En la tierra, la sangre da origen a las Melíadas, Ninfas de los bosques, y a las Erinias (las Furias) vengadoras de los crímenes semejantes al de Cronos.
Pero ellas no pueden hacer nada contra el vencedor de Urano, pues todo el poder del mundo le pertenece.
El titán soberano se une a Rea (Cibeles), su hermana, y en ella engendra una multitud de hijos. Sin embargo, los devora a todos en cuanto nacen, para que no lo destronen.
Sólo una de esas criaturas escapó a su voracidad y lo destronó, quitándole el cetro del mundo: Zeus (Júpiter) el poderoso olímpico.
10.3.11
Los doce hijos de la Tierra y el Cielo II
Trágico es Yapeto (Iapetós), quien, uniéndose a la oceánida Climene, engendró cuatro hijos infortunados: Atlas, el gigante condenado a sostener el mundo sobre sus hombros; Menecio, que más tarde osaría combatir contra Zeus (Júpiter), el señor de todos los dioses; Prometeo, que desafiaría el poder olímpico; y Epimeteo, que acompañaría a su hermano.
Trágico es también Cronos (Saturno), por su destino sin esperanza y los muchos trabajos que el futuro del mundo le reserva.
Porque él es el dios del Tiempo que todo lo regula, todo lo comanda y le toca crear un nuevo orden en los aires y en las cosas. Revolucionar constantemente la naturaleza. Alterar el escenario de la vida, quitando de él a su propio padre.
Cronos es insaciable. El Tiempo devora todo: seres, monumentos, destinos. Sin piedad. Sin apego a lo pasado. Lo que importa es construir el futuro.
Sólo Mnemosine se opone a Cronos, preservando, dentro de lo posible, la lúcida materia sobre la que reina: la memoria.
Pero Cronos vence siempre. Y continúa sin miedo su implacable cabalgata.
Los doce hijos de la Tierra y el Cielo I
| Dea Tellus (la diosa Tierra; relieve romano) |
Algunos se destacaron por su poder; otros se destacaron por sus trágicas peripecias.
Poderosa es Temis, el Orden establecido, la Justicia, la Ley, voluntad de los dioses y equilibrio perpetuo del Mundo.
Lo es Mnemosine, la memoria universal, el recuerdo que conservan tanto los monumentos como el alma de los hombres.
Lo es Tetis, alma femenina del Mar, que, unida a su hermano, titán de nombre Océano, engendra 3000 hijos: todos los ríos del mundo.
Lo es Hiperión, el "alto", o "el que viaja por lo alto", el Fuego Astral, esposo de la titania Febe, padre de Helios, el Sol; de Selene, la Luna; de Heos o Eós, la Aurora.
Divinidades Primordiales III
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| Techo de la Sala de Saturno (Palazzo Pitti), de Ciro Ferri (detalle) |
Ininterrumpidamente nacen y mueren seres, sin orden alguno. Cronos devora a sus hijos. Zeus ordenará definitivamente el universo. Él es el principio divino de la espiritualidad, el nuevo orden que surgirá con la generación de los Olímpicos. Destronando a su propio padre, Zeus establecerá la base de las relaciones entre todos los seres.
Ni monstruosos, ni gigantescos, ni ciegos como los primeros hijos de Gaia, los Olímpicos corresponden, tal vez, míticamente, al Homo sapiens en la evolución de las especies. O sea: un ser consciente, parlante y bípedo.
Las divinidades primordiales forman parte únicamente de la mitología, y no de la religión. Tienen una importancia sólo cosmogónica, y como tal, no actúan como elementos protectores o vengativos en lo que respecta a los hombres. Por eso casi no se les rinde culto. Gaia y Eros son la excepción. En Tespias existía un culto a Eros, en que el dios era representado por una piedra en bruto, y venerado simplemente como elemento fecundante.
Gaia también era honrada como símbolo universal de la fecundidad y como profetisa. Dicen que el oráculo de Delfos, antes de pertenecer a Apolo, perteneció a Gaia. En su primera atribución la alaba Homero: "Yo cantaré a la Tierra, Madre de todas las cosas. Inalterable antepasada del mundo. Origen de todo lo que se arrastra sobre el suelo, nada en mar, vuela en el aire. De ti, augusta diosa, nacen las bellas criaturas y los hermosos frutos, pues tú les das y les retiras la subsistencia a tu voluntad. De la riqueza que esparces, de la abundancia de tu corazón, toma el hombre todas las cosas: la cosecha que llena los campos, y el ganado robusto que allí prospera..."
En Patras se consideraba que Gaia era capaz de curar todas las dolencias. Pero pronto pierde sus características de divinidad primordial, mezclándose con las otras diosas olímpicas. Dejando de ser el sólido principio generador de todas las cosas, surgido del Caos y unido a Urano, se confundió con Afrodita (Venus), Hera (Juno) u otras diosas.
Existen pocas representaciones artísticas de las divinidades primordiales. Gaia es representada normalmente como una mujer gigantesca de formas pronunciadas.
También las luchas entre los dioses y los Gigantes constituyeron temas de vasos, relieves y esculturas antiguas. En esas obras, los Gigantes generalmente asumen apariencia humana, siendo apenas mayores y más salvajes que los hombres comunes.
Divinidades Primordiales II
| Gran Diosa, vaso ritual cretense |
Urano, padre y hermano de esas fuerzas, se rebela contra ellas y atrae a Cíclopes, Titanes y Hecatónquiros al Tártaro, una de las regiones del Erebo subterráneo. Pero Gaia, madre-materia, se rebela a su vez y libera a sus hijos. Ella es naturaleza, y como tal no impide más bien alienta que los fenómenos naturales sigan su curso. La layenda cosmogónica de Hesíodo muestra a Cronos, el Tiempo, indomable hijo de Gaia y Urano, rebelado contra su padre por este incesante fecundar a su madre. Otra razón de su rebelión es, justamente, la devastación que la Tierra sufre con la violencia de sus otros hijos, los Hecatónquiros y los Cíclopes. Para que Gaia no continúe engendrando infinitamente, Cronos corta los genitales de su padre. Su instrumento es una guadaña que la propia Tierra había afilado con ese objeto. La guadaña es el símbolo de la muerte. Pero quien muere no es Urano (él es inmortal): es su reino, que deja lugar al de Cronos, inclinándose a la implacable necesidad de evolución.
Al caer sobre la tierra, la sangre de Urano la fecunda una vez más, engendrando a las Erinias (símbolos de la culpa de Cronos), los Gigantes y las Melíadas, Ninfas de los árboles. Al caer en el mar, los genitales del dios forman, con el semen expelido antes de la castración, una blanca espuma, de la cual nace Afrodita (Venus).
Divinidades Primordiales I
| La Noche y El Día, de Miguel Angel |
El Caos, materia informe, existente desde siempre, fue considerado por los antiguos principio de todo, fundamento del mundo. Inicialmente Hesíodo lo describió como un espacio abierto, una extensión pura: más tarde el Caos fue concebido como el "donde" primordial en el que preexistían todos los elementos del universo, aunque latentes y desorganizados.
Qué había antes del Caos, para engendrarlo o crearlo, nadie se lo preguntaba. Había existido siempre. La sustancia productora del universo no era un ser inteligente y personal que existe eternamente, y que creó el mundo de la nada, por su sola voluntad, sino una "materia prima" en la que se "recortaron" todos los seres individuales, dioses, hombres, animales, plantas y minerales. Una vez organizado, el Caos se llamó el Cosmos (el mundo).
Era primordial de la realidad, anterior al surgimiento de los seres particulares, el Caos escapa a la aprehensión exacta por el lenguaje humano. Es inefable, revestido de misterio, y sólo puede ser aludido a través de metáforas que no lo aprisionan por completo: apenas lo sugieren.
Considerado como matriz del universo, era necesario atribuir al Caos el germen de las oposiciones que manifiesta el mundo: los contrastes de la permanente tensión entre luz y sombra, unidad y pluralidad, vida y muerte, espíritu y materia, etc, "pares opuestos" que marcarán la producción artística y filosófica de los griegos.
Otro aspecto de la dualidad fundamental aparece en la oposición entre Orden y Desorden. Los Titanes, fuerzas tempestuosas de la naturaleza, y la primera generación olímpica gobernada por Zeus (Júpiter), entablan una guerra que dura diez años (período simbólico), al final de la cual los dioses vencedores establecen una nueva jerarquía de poder. Su victoria representa la afirmación del Orden sobre el Desorden.
Bajo la influencia de ideas filosóficas posteriores, se ve en ese mito la intención de mostrar a la divinidades olímpicas como espirituales, y la constitución de los Titanes y de las demás divinidades primordiales como básicamente material. Así, Urano (Cielo; Caelus), Cronos (El Tiempo; Saturno) y Gaia (la Tierra; Tellus) serían "materialidad" destronada por Zeus, la "espiritualidad".
En el Caos está el origen de todas las cosas
"En el principio, era el Caos", cuenta el poeta Hesíodo. Era el espacio abierto, la pura extensión ilimitada, el abismo. Súbitamente, del Caos surgió la primera realidad sólida: Gaia o Gea, la Tierra (Tellus). Fue ella quien dio un sentido y un orden al Caos, al limitarlo, e instaló en él el suelo, escenario de la vida.
Después vino la Noche, la tiniebla profunda. Y debajo de la Tierra se constituyó el Erebo o Érebos (el crepúsculo), morada de las sombras.
Quedaba todavía, sobre Gaia, un espacio vacío. Para llenarlo, ella "creó un ser igual a sí misma, capaz de cubrirla por entero". Por sí misma creó a Urano, el Cielo estrellado.
En soledad originó también a las Montañas y a Ponto, el Mar inquieto y profundo.
Como la Tierra (es decir, sin unirse a fuerza alguna), la Noche engendró el Éter (luz que iluminaría a los dioses en las más altas regiones de la atmósfera) y el Día, claridad de los mortales que, en el espacio, se alterna con su madre para no cansarla.
Por ese entonces rondaba en el Caos el poderoso Eros, el Amor Universal. A partir de entonces ninguna fuerza podría engendrar nada sola.
Movida por Eros, Gaia se unió a Urano, su primogénito, engendrando con él muchos y muchos hijos. Una raza violenta pobló la Tierra y la animó con nuevas formas de vida.
El escenario del mundo está listo. Los personajes se preparan para vivir su drama.
9.3.11
MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes II)
| Grifo |
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| Sibila délfica, de Giovanni di Biagio |
Lamentablemente, la música de los griegos no es conocida más que por referencias indirectas. Sin embargo, uno de los mitos mayores, el de Orfeo, está centralizado precisamente en este arte que poetas, filósofos y escritores han concordado en juzgar el más divino entre todos. Orfeo sería el inventor del canto y de varios instrumentos musicales, con los que atraía no sólo a los hombres, sino hasta a los animales y plantas.
El acervo de la civilización occidental sería bastante menos rico y expresivo sin la mitología griega, puesto que es de los griegos de quienes tomó sus fundamentos y el néctar que la rejuvenece constantemente. Penetrar en la mitología helénica es, por lo tanto, remontarse a los orígenes de nuestra vida intelectual, sea expresados en el arte, sea reflejados en el pensamiento filosófico, sea sublimados en la admiración de lo bello, o a través de lo trágico, lo cómico y lo lírico. O, aún, cuando nos reiteramos las preguntas ¿de dónde venimos? ¿hacia dondé vamos? ¿quiénes somos? la respuesta tal vez sería: todavía estamos ante un espacio abierto, ante un Caos, que espera organización definitiva.
MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes I)
| Relieve votivo a Apolo, Arte griego |
Cuando los romanos entraron en contacto más íntimo con la civilización griega (siglo III a.C.) asumieron ese espíritu de la religión helena, y grecizaron sus dioses a tal punto que no es fácil distinguir de los habitantes del Olimpo a los protectores de la Urbs, Roma. Júpiter se identificó con Zeus, y así también Venus con Afrodita, Marte con Ares, Neptuno con Poseidón, Ceres con Deméter, Juno con Hera, Vulcano con Hefesto, Mercurio con Hermes, etc. Pocos fueron los aspectos latinos que permanecieron en ellos. Por esta razón se puede emplear el nombre latino para indicar una correspondiente divinidad griega, aun cuando la simbología no haya sido, en origen, idéntica.
En los poemas homéricos, el concepto de la belleza se vincula con lo resplandeciente, lo brillante, lo vivaz, lo claro, lo blanco, lo dorado, lo rojo, lo rosado. Hay la belleza de lo que es elevado: de las nubes, del cielo, de las montañas, de las aguas enfurecidas del mar, y, en el plano espiritual, de lo sublime, de lo digno, de lo noble. Hay la belleza de lo numeroso, de lo grande, de lo ancho, de lo profundo. Hay la belleza de lo juvenil, de lo delicado, de lo floreciente, de lo gracioso y, por contraste, de lo fuerte, de lo inquietante, de lo inexorable.
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".
| Relieve de Atenea |
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".
MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Mito y religión)
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| Anfora griega |
"Vivir el mito" implica una experiencia religiosa. Sin embargo, en el caso específico de los griegos, es necesario aclarar que el mito no se identifica totalmente con la religión, aunque las afinidades y encuentros sean íntimos y frecuentes. La religión presupone, hoy y por lo general, un cuerpo de doctrinas, de reglas, de creencias y prácticas autorizadas o impuestas y aceptadas por todo un grupo de manera casi uniforme. Todo ello, inclusive, ha sido "revelado" por el Ente Superior y codificado en un Libro Sagrado, que sirve de orientación para la conducta humana frente al Poder extraterreno o sobrehumano de que se depende.
La religión establece, por consiguiente, un vínculo individual y social con el Poder concebido como transcendente. El mito griego, por el contrario, no liga al hombre a la divinidad en forma de crear entre los dos una relación necesariamente doctrinaria y normativa. El sacrilegio que el hombre puede cometer contra un dios (por ejemplo, sustrayendo un objeto destinado a su culto), no es un acto diferente, por su naturaleza, de un hurto practicado en casa de una persona humana. Es una ofensa a la justicia, que regula los deberes para con los otros, una acción inmoral, y, por supuesto, es importante el poder del ofendido, pero no constituye desobediencia a un mandamiento de la divinidad.
Frente a esto no existe, para el griego, el sentimiento de contrición, el tormento interior por el cual se invoca al dios para implorarle el perdón de la falta irreparable. El hombre griego conoce, eso sí, el arrepentimiento y el deseo de enmendarse y reparar el daño, mejorándose de esa manera.
"Vivir el mito" implica, por lo tanto, ese tipo de experiencia: conocerse a sí mismo, como estaba escrito en el frontón del templo de Apolo en Delfos. Experiencia que debe ser entendida más en el sentido naturalista que propiamente como experiencia religiosa. El hombre sigue su naturaleza; en ella encuentra la fuerza para modelar su vida.
Cabe recordar que es la vida, con toda su variedad y multiplicidad, la que toma forma en el mundo de los dioses helenos. Cuando el filósofo Tales (640? - 547? a.C.) dijo que "todo está lleno de dioses", no entendió referirse a entidades abstractas y distantes que, en un momento determinado, hubieran resuelto crear, organizar y dirigir el mundo. Quiso significar la fuerza maravillosa de la naturaleza, que da forma a todo con miras a un fin. En último análisis, el dáimon.
Quien toma primero en Grecia ese principio "demóniaco" (y no demoníaco, pues nada tiene que ver con el Demonio de las religiones actuales), no es la religión, sino el mito. Entre los griegos es aquella la que proviene de éste. Por ese motivo, en la Hélade nunca hubo un Libro Sagrado, como entre los judíos, los hindúes, etc. El mito no deja de expresar profundas ansiedades religiosas, aspiraciones morales, necesidades de perfeccionamiento espiritual, pero no llega, sin embargo, a fijar un esquema de leyes, a prometer premios a los buenos y castigos a los malos, sobre bases normativas y constantes.
¿En qué consiste, entonces, el mundo divino de los helenos? (pregunta el helenista Max Pohlenz). Y responde: "Es el mundo en su contenido esencial, la totalidad de las fuerzas que en él operan; es la vida contemplada en una multiplicidad de figuras excelsas e inmortales".
Apolo, por ejemplo, no es sólo el dios de la luz ("Fóibos"), de la belleza armoniosa, de la profecía, sino además el "Boedromios" (el socorredor), el "Aguyéus" (patrono de las calles y caminos), el "Delfinios" (favorable a la navegación y al comercio marítimo), el "Nomios" (protector de los pastores), el "Smintheus" (destructor de ratas), el "Tharguelios" (que hace madurar los frutos). La religión griega permanece ligada al mundo de los seres naturales y de las relaciones directas entre lo cotidiano y lo divino.
Excavaciones arqueológicas y profundos estudios filológicos nos informan hoy día que gran parte de los dioses superiores de la mitología griega no son autóctonos, sino importados de otros pueblos. Pero, sin embargo, esos dioses adquirieron los caracteres específicos y originales de la inteligencia especulativa de los griegos, tornándose inconfundiblemente helenos.
| Aqueloo, Arte etrusco |
Frente a esto no existe, para el griego, el sentimiento de contrición, el tormento interior por el cual se invoca al dios para implorarle el perdón de la falta irreparable. El hombre griego conoce, eso sí, el arrepentimiento y el deseo de enmendarse y reparar el daño, mejorándose de esa manera.
"Vivir el mito" implica, por lo tanto, ese tipo de experiencia: conocerse a sí mismo, como estaba escrito en el frontón del templo de Apolo en Delfos. Experiencia que debe ser entendida más en el sentido naturalista que propiamente como experiencia religiosa. El hombre sigue su naturaleza; en ella encuentra la fuerza para modelar su vida.
Cabe recordar que es la vida, con toda su variedad y multiplicidad, la que toma forma en el mundo de los dioses helenos. Cuando el filósofo Tales (640? - 547? a.C.) dijo que "todo está lleno de dioses", no entendió referirse a entidades abstractas y distantes que, en un momento determinado, hubieran resuelto crear, organizar y dirigir el mundo. Quiso significar la fuerza maravillosa de la naturaleza, que da forma a todo con miras a un fin. En último análisis, el dáimon.
| Astarté, Arte fenicio |
¿En qué consiste, entonces, el mundo divino de los helenos? (pregunta el helenista Max Pohlenz). Y responde: "Es el mundo en su contenido esencial, la totalidad de las fuerzas que en él operan; es la vida contemplada en una multiplicidad de figuras excelsas e inmortales".
Apolo, por ejemplo, no es sólo el dios de la luz ("Fóibos"), de la belleza armoniosa, de la profecía, sino además el "Boedromios" (el socorredor), el "Aguyéus" (patrono de las calles y caminos), el "Delfinios" (favorable a la navegación y al comercio marítimo), el "Nomios" (protector de los pastores), el "Smintheus" (destructor de ratas), el "Tharguelios" (que hace madurar los frutos). La religión griega permanece ligada al mundo de los seres naturales y de las relaciones directas entre lo cotidiano y lo divino.
Excavaciones arqueológicas y profundos estudios filológicos nos informan hoy día que gran parte de los dioses superiores de la mitología griega no son autóctonos, sino importados de otros pueblos. Pero, sin embargo, esos dioses adquirieron los caracteres específicos y originales de la inteligencia especulativa de los griegos, tornándose inconfundiblemente helenos.
8.3.11
MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (El mundo de los dioses)
| Agorá de Atenas; detalle de los Gigantes |
Los primeros mitos brotan, pues, de la proyección imaginativa que el hombre hace de las funciones máximas de la vida: nacimiento, amor y muerte; maternidad y paternidad; virginidad. Y sintetizan todo lo que el hombre, mediante la inteligencia y el sentimiento, consiguió conquistar, frente a una vida que no solicitó, a una muerte que lo amedrenta, a deseos que lo dominan y a una naturaleza cuyos fenómenos (sol, lluvia, viento, cataclismos, enfermedades) lo asombran o lo aniquilan.
La mujer que engendra se torna figuración de la madre universal, y la misma divinidad, por analogía de función, pasa a presidir los nacimientos de la naturaleza toda, y es venerada como genitora y consoladora, como Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra y, posteriormente, Deméter. De modo semejante, la función de padre será asumida por Urano, después por Cronos y, finalmente, por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres. Las demás relaciones, directas e indirectas, con la existencia y con el mundo, toman la figura de otros dioses y semidioses que habitan el Olimpo, la superficie de la tierra o sus entrañas, figuras de lo más variadas que se van condensando como reflejo de los deseos, necesidades, hechos históricos, situaciones sociales y económicas. Ellas son la expresión profunda de los aspectos básicos de la condición humana en sí y de las dimensiones que ésta asume en el ambiente y en el tiempo.
Los dioses, por esto, comparten con los hombres alegrías, odios y otros sentimientos. Zeus, a pesar de su majestuosa paternidad, tiene aventuras amorosas, aunque éstas encierren, por lo general, alguna enseñanza. Hermes, el mensajero de los dioses, es simulador y abusivo. Ares, el protector de las ciudades, es brutal y estimula matanzas. Afrodita, diosa del amor que todo vivifica y de la belleza que todo lo sublima, es infiel a su pareja, Hefesto, dios del fuego. A Eros, que el mito primordial identifica con la fuerza ordenadora del Caos, se opone Eris, la Discordia, que todo disgrega. Y, para conservar la belleza y la juventud perennes, los dioses inmortales también se tienen que alimentar: de néctar y ambrosía.
Al madurar en Grecia las artes plásticas (siglos VIII-VII a.C.), esas figuras elementales que hasta entonces fluctuaban en la imaginación de todos y en el canto de los aedos, comenzaron a encontrar una interpretación realista. Tan fuerte, sin embargo, era el símbolo que las vivificaba, que la imagen artística, materializada en el mármol o en la pintura, no eliminó lo sobrenatural; por el contrario, lo perpetuó.
Esta fijación artística del mito no significó, sin embargo, su estancamiento. Mientras la civilización griega pasaba por transformaciones radicales, también el mito se modificaba, en respuesta a las nuevas condiciones económicas y psico-sociales. Se explica, así, cómo un mismo mito (o un mismo dios) haya adquirido, a lo largo del tiempo, una multiplicidad de significados y atribuciones. Así también nacieron o fueron importadas otras leyendas, que vinieron a combinarse con los mitos primitivos, volviendo todavía más complejo y más rico el mundo mitológico de los griegos.
Se nota, por ejemplo, que los dioses que aparecen en los grandes poemas de Homero (siglo IX a.C.), Ilíada y Odisea, ya no son exactamente los mismos de las tradiciones anteriores. Están más directamente interesados en las cuestiones humanas, y gustan de intervenir en las vicisitudes de los mortales. Así también sucede en Hesíodo (siglo VIII a.C.) autor de la Teogonía (y también del tratado Los Trabajos y los Días): cuando presenta la genealogía de los dioses griegos, se nota la tendencia a introducir un cierto orden en la confusa familia de las divinidades, usando un criterio que mucho refleja las condiciones económicas y sociales de la Grecia agraria de su época. En condiciones ya distintas, en los siglos VI y V a.C., cuando filósofos y dramaturgos manejan el material mítico, dioses y héroes deponen el halo de que los rodeaba el mito primitivo.
La mujer que engendra se torna figuración de la madre universal, y la misma divinidad, por analogía de función, pasa a presidir los nacimientos de la naturaleza toda, y es venerada como genitora y consoladora, como Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra y, posteriormente, Deméter. De modo semejante, la función de padre será asumida por Urano, después por Cronos y, finalmente, por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres. Las demás relaciones, directas e indirectas, con la existencia y con el mundo, toman la figura de otros dioses y semidioses que habitan el Olimpo, la superficie de la tierra o sus entrañas, figuras de lo más variadas que se van condensando como reflejo de los deseos, necesidades, hechos históricos, situaciones sociales y económicas. Ellas son la expresión profunda de los aspectos básicos de la condición humana en sí y de las dimensiones que ésta asume en el ambiente y en el tiempo.
| Templo de Júpiter en Terracina |
Al madurar en Grecia las artes plásticas (siglos VIII-VII a.C.), esas figuras elementales que hasta entonces fluctuaban en la imaginación de todos y en el canto de los aedos, comenzaron a encontrar una interpretación realista. Tan fuerte, sin embargo, era el símbolo que las vivificaba, que la imagen artística, materializada en el mármol o en la pintura, no eliminó lo sobrenatural; por el contrario, lo perpetuó.
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| Diosa Madre, Arte cretense |
Se nota, por ejemplo, que los dioses que aparecen en los grandes poemas de Homero (siglo IX a.C.), Ilíada y Odisea, ya no son exactamente los mismos de las tradiciones anteriores. Están más directamente interesados en las cuestiones humanas, y gustan de intervenir en las vicisitudes de los mortales. Así también sucede en Hesíodo (siglo VIII a.C.) autor de la Teogonía (y también del tratado Los Trabajos y los Días): cuando presenta la genealogía de los dioses griegos, se nota la tendencia a introducir un cierto orden en la confusa familia de las divinidades, usando un criterio que mucho refleja las condiciones económicas y sociales de la Grecia agraria de su época. En condiciones ya distintas, en los siglos VI y V a.C., cuando filósofos y dramaturgos manejan el material mítico, dioses y héroes deponen el halo de que los rodeaba el mito primitivo.
MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA
| Templo de Neptuno en Paestum |
Los griegos no fueron nunca grandes políticos ni crearon militarmente imperio durable alguno. Hasta se admite que su espíritu crítico haya contribuido a su fragmentación política en un puñado de pequeños estados. Pero ese espíritu crítico los llevó a la observación de la vida, el mundo y el hombre, para preguntarse: ¿cuál es el origen de los seres?
La respuesta que obtuvieron no apuntaba a la Nada, ni a un Dios creador, sino a un espacio abierto, que llamaban Caos, materia informe a la espera de ser organizada. No podían llegar a la Nada, porque para los griegos la Nada era impensable. Hasta su matemática ignora el cero. "De lo no existente ninguna cosa puede nacer, y ninguna cosa puede desaparecer en el no ser absoluto", dice el filósofo Empédocles (495? - 435? a.C.). No llegaron a la idea de un Dios creador absoluto, pues percibían que todo lo que existía, aunque se evidenciaba regido por una fuerza vital única, presentaba varias formas, diferentes maneras de ser, múltiples funciones, grados infinitos.
Por consiguiente, concibieron el Caos, algo ya existente, masa tosca y carente de estructura, donde fuerzas intrínsecas y latentes podrían (si organizadas) producir y perpetuar la vida. Su ordenación no es obra de un dios exterior al mundo. Al contrario, los propios dioses nacen, de alguna manera, de esa materia. Pues es la Tierra (condensación de la materia) que, en amoroso abrazo con el Cielo, da origen a las divinidades primordiales.
El hombre también nació así. Por eso, el poeta Píndaro (518 - 446 a.C.) canta: "Igual es el género de los hombres al de los dioses, pues todos recibimos la vida de la misma madre; sólo una fuerza completamente diferente distingue a los dioses".
La fuerza que ordenó el Caos dejó en las entrañas de la Tierra una multiplicidad de poderes generadores, que engendraron todas las formas existentes en la superficie terrestre: seres vegetales y animales, trayendo cada cual dentro de sí su propio dáimon (espíritu, fuerza). La vida y sus manifestaciones son obra de un dáimon, que ellas guardan como elemento responsable de su manera de ser.
Aquí se encuentran las raíces del mito, como tentativa de penetrar, por medio de la imaginación, en lo que no se explica de otra manera: el misterio de la existencia.
Qué es la mitología
Con la palabra mitología se designan dos conceptos: el conjunto de mitos y leyendas que un pueblo imaginó, y el estudio de los mismos. La palabra viene del griego mythos, que significa fábula, y logos, tratado. El concepto de fábula no nos debe inducir a creer que el mito sea una ficción caprichosa de la imaginación. Dentro de la narrativa mítica se esconde un aspecto, un núcleo, que encierra una realidad.
Para la consciencia mítica todo debe haber tenido un origen. Si este origen quedó cubierto por las tinieblas del tiempo y del misterio, ello no significa que no pueda ser recuperado por la imaginación. La realidad de las cosas está ahí para demostrar la repetición de los orígenes en los ciclos de la vida. La temporalidad de los acontecimientos poco interesa. Interesa, sí, el hecho de que se repiten: por eso son perennes.
El mito consiste en esta "historia perenne": es la historia de los acontecimientos que no tienen fin porque se repiten. Reconociendo en cada acto cotidiano una participación en los grandes ciclos de la vida (que no son más que la repetición de los ciclos-modelo narrados por la mitología) el hombre se siente participar de la gran eternidad mítica, y se libera de su transitoriedad. Participando de sus orígenes, el hombre consigue, si no propiamente sobrevivir, vivir integralmente. Dentro de la mentalidad mítica, la propia muerte puede tener sentido.
Pero esta reconciliación del hombre con la vida y con la muerte (la una imposible sin la otra) mal puede distinguirse de la integración total en la naturaleza, especialmente en la naturaleza viva. A través de la mitología (desde las más primitivas hasta las más moderna de sus formas, disfrazada de ficción científica) siempre el hombre buscó abreviar la distancia que lo separa del universo irracional. El mito busca superar este abismo, al mezclar todos los orígenes. No sólo del mundo y del hombre, sino también de los animales y de las plantas: todo lo que nace, vive, es sexuado, organizado, se deshace y muere; pero vuelve y continúa.
Debido a su cáracter fundamental, el mito conserva hasta nuestros días vitalidad y presencia grandiosa: trata los mismos problemas (existenciales, morales y sociales) que continúan afligiendo a la humanidad. Por eso el hombre no ha dejado de crear nuevos mitos, aunque haya pisado la Luna.
Mircea Eliade, en su trabajo Mito y Realidad, define de manera ejemplar la estructura y la finalidad del mito: "... De modo general, se puede decir que el mito, tal como es vivido por las sociedades arcaicas, 1) constituyó la Historia de los actos de los Entes Supremos; 2) que esa Historia es considerada absolutamente verdadera (porque se refiere a la realidad) y sagrada (porque es obra de los Entes sobrenaturales); 3) que el mito se refiere siempre a una 'creación', contando cómo algo vino a la existencia, o cómo se establecieron una norma de comportamiento, una institución, una manera de trabajar; ésa es la razón por la cual los mitos constituyen los paradigmas de todos los actos humanos significativos; 4) que, conociendo el mito, se conoce el 'origen' de las cosas, llegándose en consecuencia a dominarlas y manipularlas a gusto; no se trata de un conocimiento que es 'vivido' ritualmente, sea narrado ceremonialmente el mito, sea efectuando el ritual al que sirve de justificación; 5) que, de una u otra manera, 'se vive' el mito, en el sentido en que se está impregnando por el poder de lo sagrado, que exalta los eventos rememorados o ritualizados."
La respuesta que obtuvieron no apuntaba a la Nada, ni a un Dios creador, sino a un espacio abierto, que llamaban Caos, materia informe a la espera de ser organizada. No podían llegar a la Nada, porque para los griegos la Nada era impensable. Hasta su matemática ignora el cero. "De lo no existente ninguna cosa puede nacer, y ninguna cosa puede desaparecer en el no ser absoluto", dice el filósofo Empédocles (495? - 435? a.C.). No llegaron a la idea de un Dios creador absoluto, pues percibían que todo lo que existía, aunque se evidenciaba regido por una fuerza vital única, presentaba varias formas, diferentes maneras de ser, múltiples funciones, grados infinitos.
Por consiguiente, concibieron el Caos, algo ya existente, masa tosca y carente de estructura, donde fuerzas intrínsecas y latentes podrían (si organizadas) producir y perpetuar la vida. Su ordenación no es obra de un dios exterior al mundo. Al contrario, los propios dioses nacen, de alguna manera, de esa materia. Pues es la Tierra (condensación de la materia) que, en amoroso abrazo con el Cielo, da origen a las divinidades primordiales.
El hombre también nació así. Por eso, el poeta Píndaro (518 - 446 a.C.) canta: "Igual es el género de los hombres al de los dioses, pues todos recibimos la vida de la misma madre; sólo una fuerza completamente diferente distingue a los dioses".
| Templo de Dioniso en Atenas |
Aquí se encuentran las raíces del mito, como tentativa de penetrar, por medio de la imaginación, en lo que no se explica de otra manera: el misterio de la existencia.
Qué es la mitología
Con la palabra mitología se designan dos conceptos: el conjunto de mitos y leyendas que un pueblo imaginó, y el estudio de los mismos. La palabra viene del griego mythos, que significa fábula, y logos, tratado. El concepto de fábula no nos debe inducir a creer que el mito sea una ficción caprichosa de la imaginación. Dentro de la narrativa mítica se esconde un aspecto, un núcleo, que encierra una realidad.
Para la consciencia mítica todo debe haber tenido un origen. Si este origen quedó cubierto por las tinieblas del tiempo y del misterio, ello no significa que no pueda ser recuperado por la imaginación. La realidad de las cosas está ahí para demostrar la repetición de los orígenes en los ciclos de la vida. La temporalidad de los acontecimientos poco interesa. Interesa, sí, el hecho de que se repiten: por eso son perennes.
El mito consiste en esta "historia perenne": es la historia de los acontecimientos que no tienen fin porque se repiten. Reconociendo en cada acto cotidiano una participación en los grandes ciclos de la vida (que no son más que la repetición de los ciclos-modelo narrados por la mitología) el hombre se siente participar de la gran eternidad mítica, y se libera de su transitoriedad. Participando de sus orígenes, el hombre consigue, si no propiamente sobrevivir, vivir integralmente. Dentro de la mentalidad mítica, la propia muerte puede tener sentido.
| Templo de Apolo en Pompeya |
Debido a su cáracter fundamental, el mito conserva hasta nuestros días vitalidad y presencia grandiosa: trata los mismos problemas (existenciales, morales y sociales) que continúan afligiendo a la humanidad. Por eso el hombre no ha dejado de crear nuevos mitos, aunque haya pisado la Luna.
Mircea Eliade, en su trabajo Mito y Realidad, define de manera ejemplar la estructura y la finalidad del mito: "... De modo general, se puede decir que el mito, tal como es vivido por las sociedades arcaicas, 1) constituyó la Historia de los actos de los Entes Supremos; 2) que esa Historia es considerada absolutamente verdadera (porque se refiere a la realidad) y sagrada (porque es obra de los Entes sobrenaturales); 3) que el mito se refiere siempre a una 'creación', contando cómo algo vino a la existencia, o cómo se establecieron una norma de comportamiento, una institución, una manera de trabajar; ésa es la razón por la cual los mitos constituyen los paradigmas de todos los actos humanos significativos; 4) que, conociendo el mito, se conoce el 'origen' de las cosas, llegándose en consecuencia a dominarlas y manipularlas a gusto; no se trata de un conocimiento que es 'vivido' ritualmente, sea narrado ceremonialmente el mito, sea efectuando el ritual al que sirve de justificación; 5) que, de una u otra manera, 'se vive' el mito, en el sentido en que se está impregnando por el poder de lo sagrado, que exalta los eventos rememorados o ritualizados."
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