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11.3.11

Saturno, señor del universo

Dea Tellus, Diosa Tierra, relieve romano
Más que a los Titanes y las Titanias (cuenta Hesíodo), Urano (el Cielo) detesta a sus otros hijos, los Cíclopes y los Hecatónquiros. Son criaturas brutales.
Para no tener que encararse con ellos, el Cielo estrellado los obliga a vivir en el vientre oscuro de Gaia (la Tierra), sin ver jamás la luz del día.
A Gaia la hace sufrir esa reclusión de sus hijos. Sufre también con la continua fecundidad que le impone Urano (desde que se unió a él su vientre no ha cesado de engendrar). Y empieza a odiar a su celeste esposo.
Decide vengarse de él. Llama a los Titanes y les pide que la ayuden a destronar a Urano.
Todos se niegan. Sólo Cronos (Saturno) acepta el encargo de su madre, porque ya se había rebelado ante sus sufrimientos.
El valiente guerrero del Tiempo promete a Gaia que la vengará. Y ella le entrega la afilada guadaña que, con terrible propósito, venía preparando hacía tiempo.
Cuando Urano se aproxima a la esposa para fecundarla nuevamente, Cronos se arroja sobre su padre. Lucha con él y lo vence.
Urano sangra y se retuerce. Un grito de dolor resuena en todo el mundo.
Los genitales de Urano vuelan por el espacio. La sangre corre sobre la tierra y sobre las aguas.
En el mar, los órganos con el semen expelido forman una espuma blanquísima, de la cual surge Afrodita (Venus), diosa de la belleza femenina y el amor.
En la tierra, la sangre da origen a las Melíadas, Ninfas de los bosques, y a las Erinias (las Furias) vengadoras de los crímenes semejantes al de Cronos.
Pero ellas no pueden hacer nada contra el vencedor de Urano, pues todo el poder del mundo le pertenece.
El titán soberano se une a Rea (Cibeles), su hermana, y en ella engendra una multitud de hijos. Sin embargo, los devora a todos en cuanto nacen, para que no lo destronen.
Sólo una de esas criaturas escapó a su voracidad y lo destronó, quitándole el cetro del mundo: Zeus (Júpiter) el poderoso olímpico.

10.3.11

Los doce hijos de la Tierra y el Cielo I

Dea Tellus (la diosa Tierra; relieve romano)
Unida a Urano (Caelus) por la fuerza de Eros (Amor), Gaia (Tellus) tuvo inicialmente doce hijos: seis varones y seis mujeres, los Titanes y las Titanias. Son fuerzas violentas que pueblan el mundo e inician larga y penosa historia, afirma Hesíodo. 
Algunos se destacaron por su poder; otros se destacaron por sus trágicas peripecias.
Poderosa es Temis, el Orden establecido, la Justicia, la Ley, voluntad de los dioses y equilibrio perpetuo del Mundo.
Lo es Mnemosine, la memoria universal, el recuerdo que conservan tanto los monumentos como el alma de los hombres.
Lo es Tetis, alma femenina del Mar, que, unida a su hermano, titán de nombre Océano, engendra 3000 hijos: todos los ríos del mundo.
Lo es Hiperión, el "alto", o "el que viaja por lo alto", el Fuego Astral, esposo de la titania Febe, padre de Helios, el Sol; de Selene, la Luna; de Heos o Eós, la Aurora.

Divinidades Primordiales II

Gran Diosa, vaso ritual cretense
Todas las formas habrían emergido del misterioso Caos. Gaia, la madre Tierra, puede ser considerada la primera "aparición" de la materia. Por sí sola engendra a Urano, movida por la necesidad de tener un compañero. Eros, su contemporáneo en el Caos, principio espiritual del Amor, hace que Gaia se una a su primogénito. Fecundada por éste, Gaia da a luz a los Titanes, los Cíclopes (monstruos de un solo ojo) y los Hecatónquiros (gigantes de cien bazos y cincuenta cabezas). Éstos son la personificación de las fuerzas de la naturaleza material que siempre oponen dificultades y obstáculos al surgimiento definitivo de las formas ordenadas y constantes de la vida. Corresponden a la primera etapa de la gestación evolutiva. Representan los cataclismos que transformaron la faz del mundo, preparándolo para recibir las diversas especies de los tres reinos naturales y al ser humano.
Urano, padre y hermano de esas fuerzas, se rebela contra ellas y atrae a Cíclopes, Titanes y Hecatónquiros al Tártaro, una de las regiones del Erebo subterráneo. Pero Gaia, madre-materia, se rebela a su vez y libera a sus hijos. Ella es naturaleza, y como tal no impide más bien alienta que los fenómenos naturales sigan su curso. La layenda cosmogónica de Hesíodo muestra a Cronos, el Tiempo, indomable hijo de Gaia y Urano, rebelado contra su padre por este incesante fecundar a su madre. Otra razón de su rebelión es, justamente, la devastación que la Tierra sufre con la violencia de sus otros hijos, los Hecatónquiros y los Cíclopes. Para que Gaia no continúe engendrando infinitamente, Cronos corta los genitales de su padre. Su instrumento es una guadaña que la propia Tierra había afilado con ese objeto. La guadaña es el símbolo de la muerte. Pero quien muere no es Urano (él es inmortal): es su reino, que deja lugar al de Cronos, inclinándose a la implacable necesidad de evolución.
Al caer sobre la tierra, la sangre de Urano la fecunda una vez más, engendrando a las Erinias (símbolos de la culpa de Cronos), los Gigantes y las Melíadas, Ninfas de los árboles. Al caer en el mar, los genitales del dios forman, con el semen expelido antes de la castración, una blanca espuma, de la cual nace Afrodita (Venus).

Divinidades Primordiales I

La Noche y El Día, de Miguel Angel
El mito cosmogónico es una tentativa de explicar el origen del universo, de las cosas y de los seres animados. Tanto Homero (siglo IX a.C.) como Hesíodo (siglo VIII a.C.), los órficos (siglo VI a.C.), y los demás poetas y filósofos de la Antigüedad trataron de encontrar, ante ese inmenso misterio, el principio del universo: surgieron así mitos, es decir, historias simbólicas y explicativas, y teorías racionales.
El Caos, materia informe, existente desde siempre, fue considerado por los antiguos principio de todo, fundamento del mundo. Inicialmente Hesíodo lo describió como un espacio abierto, una extensión pura: más tarde el Caos fue concebido como el "donde" primordial en el que preexistían todos los elementos del universo, aunque latentes y desorganizados.
Qué había antes del Caos, para engendrarlo o crearlo, nadie se lo preguntaba. Había existido siempre. La sustancia productora del universo no era un ser inteligente y personal que existe eternamente, y que creó el mundo de la nada, por su sola voluntad, sino una "materia prima" en la que se "recortaron" todos los seres individuales, dioses, hombres, animales, plantas y minerales. Una vez organizado, el Caos se llamó el Cosmos (el mundo).
Era primordial de la realidad, anterior al surgimiento de los seres particulares, el Caos escapa a la aprehensión exacta por el lenguaje humano. Es inefable, revestido de misterio, y sólo puede ser aludido a través de metáforas que no lo aprisionan por completo: apenas lo sugieren.
Considerado como matriz del universo, era necesario atribuir al Caos el germen de las oposiciones que manifiesta el mundo: los contrastes de la permanente tensión entre luz y sombra, unidad y pluralidad, vida y muerte, espíritu y materia, etc, "pares opuestos" que marcarán la producción artística y filosófica de los griegos.
Otro aspecto de la dualidad fundamental aparece en la oposición entre Orden y Desorden. Los Titanes, fuerzas tempestuosas de la naturaleza, y la primera generación olímpica gobernada por Zeus (Júpiter), entablan una guerra que dura diez años (período simbólico), al final de la cual los dioses vencedores establecen una nueva jerarquía de poder. Su victoria representa la afirmación del Orden sobre el Desorden.
Bajo la influencia de ideas filosóficas posteriores, se ve en ese mito la intención de mostrar a la divinidades olímpicas como espirituales, y la constitución de los Titanes y de las demás divinidades primordiales como básicamente material. Así, Urano (Cielo; Caelus), Cronos (El Tiempo; Saturno) y Gaia (la Tierra; Tellus) serían "materialidad" destronada por Zeus, la "espiritualidad".

En el Caos está el origen de todas las cosas

"En el principio, era el Caos", cuenta el poeta Hesíodo. Era el espacio abierto, la pura extensión ilimitada, el abismo. Súbitamente, del Caos surgió la primera realidad sólida: Gaia o Gea, la Tierra (Tellus). Fue ella quien dio un sentido y un orden al Caos, al limitarlo, e instaló en él el suelo, escenario de la vida.
Después vino la Noche, la tiniebla profunda. Y debajo de la Tierra se constituyó el Erebo o Érebos (el crepúsculo), morada de las sombras.
Quedaba todavía, sobre Gaia, un espacio vacío. Para llenarlo, ella "creó un ser igual a sí misma, capaz de cubrirla por entero". Por sí misma creó a Urano, el Cielo estrellado.
En soledad originó también a las Montañas y a Ponto, el Mar inquieto y profundo.
Como la Tierra (es decir, sin unirse a fuerza alguna), la Noche engendró el Éter (luz que iluminaría a los dioses en las más altas regiones de la atmósfera) y el Día, claridad de los mortales que, en el espacio, se alterna con su madre para no cansarla.
Por ese entonces rondaba en el Caos el poderoso Eros, el Amor Universal. A partir de entonces ninguna fuerza podría engendrar nada sola.
Movida por Eros, Gaia se unió a Urano, su primogénito, engendrando con él muchos y muchos hijos. Una raza violenta pobló la Tierra y la animó con nuevas formas de vida.
El escenario del mundo está listo. Los personajes se preparan para vivir su drama.

8.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (El mundo de los dioses)

Agorá de Atenas; detalle de los Gigantes
El mundo de los dioses
Los primeros mitos brotan, pues, de la proyección imaginativa que el hombre hace de las funciones máximas de la vida: nacimiento, amor y muerte; maternidad y paternidad; virginidad. Y sintetizan todo lo que el hombre, mediante la inteligencia y el sentimiento, consiguió conquistar, frente a una vida que no solicitó, a una muerte que lo amedrenta, a deseos que lo dominan y a una naturaleza cuyos fenómenos (sol, lluvia, viento, cataclismos, enfermedades) lo asombran o lo aniquilan.
La mujer que engendra se torna figuración de la madre universal, y la misma divinidad, por analogía de función, pasa a presidir los nacimientos de la naturaleza toda, y es venerada como genitora y consoladora, como Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra y, posteriormente, Deméter. De modo semejante, la función de padre será asumida por Urano, después por Cronos y, finalmente, por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres. Las demás relaciones, directas e indirectas, con la existencia y con el mundo, toman la figura de otros dioses y semidioses que habitan el Olimpo, la superficie de la tierra o sus entrañas, figuras de lo más variadas que se van condensando como reflejo de los deseos, necesidades, hechos históricos, situaciones sociales y económicas. Ellas son la expresión profunda de los aspectos básicos de la condición humana en sí y de las dimensiones que ésta asume en el ambiente y en el tiempo.
Templo de Júpiter en Terracina
Los dioses, por esto, comparten con los hombres alegrías, odios y otros sentimientos. Zeus, a pesar de su majestuosa paternidad, tiene aventuras amorosas, aunque éstas encierren, por lo general, alguna enseñanza. Hermes, el mensajero de los dioses, es simulador y abusivo. Ares, el protector de las ciudades, es brutal y estimula matanzas. Afrodita, diosa del amor que todo vivifica y de la belleza que todo lo sublima, es infiel a su pareja, Hefesto, dios del fuego. A Eros, que el mito primordial identifica con la fuerza ordenadora del Caos, se opone Eris, la Discordia, que todo disgrega. Y, para conservar la belleza y la juventud perennes, los dioses inmortales también se tienen que alimentar: de néctar y ambrosía.
Al madurar en Grecia las artes plásticas (siglos VIII-VII a.C.), esas figuras elementales que hasta entonces fluctuaban en la imaginación de todos y en el canto de los aedos, comenzaron a encontrar una interpretación realista. Tan fuerte, sin embargo, era el símbolo que las vivificaba, que la imagen artística, materializada en el mármol o en la pintura, no eliminó lo sobrenatural; por el contrario, lo perpetuó.
Diosa Madre, Arte cretense
Esta fijación artística del mito no significó, sin embargo, su estancamiento. Mientras la civilización griega pasaba por transformaciones radicales, también el mito se modificaba, en respuesta a las nuevas condiciones económicas y psico-sociales. Se explica, así, cómo un mismo mito (o un mismo dios) haya adquirido, a lo largo del tiempo, una multiplicidad de significados y atribuciones. Así también nacieron o fueron importadas otras leyendas, que vinieron a combinarse con los mitos primitivos, volviendo todavía más complejo y más rico el mundo mitológico de los griegos.
Se nota, por ejemplo, que los dioses que aparecen en los grandes poemas de Homero (siglo IX a.C.), Ilíada y Odisea, ya no son exactamente los mismos de las tradiciones anteriores. Están más directamente interesados en las cuestiones humanas, y gustan de intervenir en las vicisitudes de los mortales. Así también sucede en Hesíodo (siglo VIII a.C.) autor de la Teogonía (y también del tratado Los Trabajos y los Días): cuando presenta la genealogía de los dioses griegos, se nota la tendencia a introducir un cierto orden en la confusa familia de las divinidades, usando un criterio que mucho refleja las condiciones económicas y sociales de la Grecia agraria de su época. En condiciones ya distintas, en los siglos VI y V a.C., cuando filósofos y dramaturgos manejan el material mítico, dioses y héroes deponen el halo de que los rodeaba el mito primitivo.