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10.3.11

Divinidades Primordiales III

Techo de la Sala de Saturno (Palazzo Pitti), de Ciro Ferri (detalle)
Cronos significa el Tiempo: el hambre devoradora de vida, el deseo insaciable de evolución. Juntamente con Rea (Cibeles), su esposa y hermana, establece un reinado que se asemeja a la era preconsciente de la humanidad. En ese período, el Tiempo es todavía ciego. La vida no se comprende a sí misma, parece más bien un simple hervidero de elementos confusos que una real evolución.
Ininterrumpidamente nacen y mueren seres, sin orden alguno. Cronos devora a sus hijos. Zeus ordenará definitivamente el universo. Él es el principio divino de la espiritualidad, el nuevo orden que surgirá con la generación de los Olímpicos. Destronando a su propio padre, Zeus establecerá la base de las relaciones entre todos los seres.
Ni monstruosos, ni gigantescos, ni ciegos como los primeros hijos de Gaia, los Olímpicos corresponden, tal vez, míticamente, al Homo sapiens en la evolución de las especies. O sea: un ser consciente, parlante y bípedo.
Las divinidades primordiales forman parte únicamente de la mitología, y no de la religión. Tienen una importancia sólo cosmogónica, y como tal, no actúan como elementos protectores o vengativos en lo que respecta a los hombres. Por eso casi no se les rinde culto. Gaia y Eros son la excepción. En Tespias existía un culto a Eros, en que el dios era representado por una piedra en bruto, y venerado simplemente como elemento fecundante.
Gaia también era honrada como símbolo universal de la fecundidad y como profetisa. Dicen que el oráculo de Delfos, antes de pertenecer a Apolo, perteneció a Gaia. En su primera atribución la alaba Homero: "Yo cantaré a la Tierra, Madre de todas las cosas. Inalterable antepasada del mundo. Origen de todo lo que se arrastra sobre el suelo, nada en mar, vuela en el aire. De ti, augusta diosa, nacen las bellas criaturas y los hermosos frutos, pues tú les das y les retiras la subsistencia a tu voluntad. De la riqueza que esparces, de la abundancia de tu corazón, toma el hombre todas las cosas: la cosecha que llena los campos, y el ganado robusto que allí prospera..."
En Patras se consideraba que Gaia era capaz de curar todas las dolencias. Pero pronto pierde sus características de divinidad primordial, mezclándose con las otras diosas olímpicas. Dejando de ser el sólido principio generador de todas las cosas, surgido del Caos y unido a Urano, se confundió con Afrodita (Venus), Hera (Juno) u otras diosas.
Existen pocas representaciones artísticas de las divinidades primordiales. Gaia es representada normalmente como una mujer gigantesca de formas pronunciadas.
También las luchas entre los dioses y los Gigantes constituyeron temas de vasos, relieves y esculturas antiguas. En esas obras, los Gigantes generalmente asumen apariencia humana, siendo apenas mayores y más salvajes que los hombres comunes.

9.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes I)

Relieve votivo a Apolo, Arte griego
Los dioses en las artes
Cuando los romanos entraron en contacto más íntimo con la civilización griega (siglo III a.C.) asumieron ese espíritu de la religión helena, y grecizaron sus dioses a tal punto que no es fácil distinguir de los habitantes del Olimpo a los protectores de la Urbs, Roma. Júpiter se identificó con Zeus, y así también Venus con Afrodita, Marte con Ares, Neptuno con Poseidón, Ceres con Deméter, Juno con Hera, Vulcano con Hefesto, Mercurio con Hermes, etc. Pocos fueron los aspectos latinos que permanecieron en ellos. Por esta razón se puede emplear el nombre latino para indicar una correspondiente divinidad griega, aun cuando la simbología no haya sido, en origen, idéntica.
Relieve de Atenea
En los poemas homéricos, el concepto de la belleza se vincula con lo resplandeciente, lo brillante, lo vivaz, lo claro, lo blanco, lo dorado, lo rojo, lo rosado. Hay la belleza de lo que es elevado: de las nubes, del cielo, de las montañas, de las aguas enfurecidas del mar, y, en el plano espiritual, de lo sublime, de lo digno, de lo noble. Hay la belleza de lo numeroso, de lo grande, de lo ancho, de lo profundo. Hay la belleza de lo juvenil, de lo delicado, de lo floreciente, de lo gracioso y, por contraste, de lo fuerte, de lo inquietante, de lo inexorable.
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".