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17.3.11

Los orígenes del mundo

En el principio, pues, era el Caos; después la Tierra de anchos flancos, base segura ofrecida para siempre a todos los seres vivos, y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, aquel que desequilibra los miembros y subyuga, en el pecho de todos los dioses y todos los hombres, el corazón y la sabía voluntad.
Del Caos nacieron el Erebos y la negra Noche. Y de la Noche, a su vez, salieron el Éter y la luz del Día. La Tierra, primeramente, engendró un ser igual a sí misma, capaz de cubrirla por entero: el Cielo Estrellado, que debería ofrecer a los dioses bienaventurados una base de sustentación segura para siempre. Ella puso en el mundo también las altas Montañas, agradable morada de las diosas; las Ninfas, habitantes de los montes y valles. Engendró también el mar infecundo de furiosas olas, Ponto, sin ayuda del tierno amor. Pero, en seguida, con los abrazos del Cielo, ella engendró al Océano de torbellinos profundos, y a Ceo, Críos, Hiperión, Yapeto, Tea, Rea, Temis, Mnemosine, Febe coronada de oro y la amable Tetis. Tras ellos vino al mundo Cronos, el más joven de todos, dios de malignos pensamientos, el más temible de todos sus hijos; y Cronos se llenó de odio por su exuberante padre.

16.3.11

De la negra Noche nace Eros

Saturno, de Agostino de Duc
Antes de existir el gran mar y la fértil tierra, y el cielo azul que recubre el mundo; antes de que la naturaleza (que nuestros ojos ven y todos nuestros sentidos ayudan a captar) viviese como vive ahora: organizada, plástica, sabia, poderosa; antes de todo eso, era el Caos: masa tosca e informe que constituía el universo.
En el comienzo, lo que existía era inerte (dice Ovidio, poeta latino). Era un peso muerto. Un montón de elementos dispares.
En ese tiempo, ninguna luz daba al mundo calor y claridad. Ni el Sol ni la Luna recorrían todavía la bóveda celeste, transformando cada día en un nuevo día, y cada noche en una noche clara.
La Tierra todavía no estaba suspendida en el aire, equilibrada por su propio peso. Y Anfitrite, la reina del mar, no había extendido aún sus dulces brazos hasta las márgenes.
Tierra y Mar eran una mezcla indistinta de vida y agitación.
El suelo no tenía densidad. El mar no fluía. El aire no tenía luz. Nada poseía forma propia. Y en el interior de esa masa única, se entablaba la constante batalla de los principios opuestos: el frío combatiendo al calor; la humedad contra la sequía; la liviandad contra el peso.
Poco a poco, un germen inteligente, un dios ordenador emergió del Caos. Definió (delimitó) y armonizó (equilibró) todo, según su soberana voluntad. La paz se hizo en el universo. Pero permaneció para siempre encendida la chispa del conflicto, porque el orden, el límite y el equilibrio no son estáticos...

Las criaturas de la Oscuridad

Saturno devorando a sus hijos, de Goya
Los antiguos griegos forjaron varias versiones sobre el origen del mundo y de las criaturas. Algunos creían que lo primero que existió fue la Oscuridad. Y de ella fue engendrado el Caos. De la unión del Caos con la Oscuridad nacieron la Noche, el Día, el Erebo y el Aire.
La Noche y el Erebo se casaron. Tuvieron como hijos a muchos espíritus de sufrimientos y a otros muchos liberadores: la Perdición, la Edad, la Muerte, el Asesinato, la Abnegación, el Sueño, los Sueños, la Discordia, la Miseria, el Castigo, la Alegría, la Amistad, la Piedad, las tres diosas del Destino, etc.
El Día (femenino en griego) y el Aire también se unieron y engendraron a la Tierra, al Cielo y al Mar.
El Aire y la Tierra se unieron a su vez. Y dieron vida al Espanto, la Ira, la Disputa, la Mentira, las Injurias, la Venganza, el Exceso, el Olvido, el Miedo, la Vanidad, la Lucha, la Artesanía. Más tarde nacieron aún los Titanes, el Tártaro y las tres Erinias.
El Mar y los Ríos engendraron a las Nereidas, ninfas marítimas impetuosas y agitadas.
Cuando toda la creación estuvo lista y ordenada sobre el Mundo, Prometeo creó al ser humano, y le pidió que poblase la Tierra.

La Tierra, el Cielo y la fuerza de Eros

Para los órficos, fieles seguidores de las enseñanzas del poeta Orfeo, el principio de todas las cosas es Cronos (Saturno), el Tiempo. Este dios devorador es quien habría dado origen al Caos y al Éter. Todo en derredor del Caos y el Éter existía la Noche, que abrazaba al gran espacio como una sólida cáscara, y le confería el aspecto de un gigantesco huevo.
En ese huevo nació Fanés, la luz, que se unió a la Noche y en ella engendró al Cielo, la Tierra y a Zeus (Júpiter).
Contaban los órficos también que la Noche no formaba una cáscara, sino que era un ave negra de enormes alas. Y que, fecundada por el viento, puso un huevo de plata en el seno de la oscuridad original, entre el Cielo que estaba arriba y la Tierra que yacía abajo.
Del huevo salió Eros, el Amor Universal, el Protógonos ("el primer nacido").
A Eros no le gustaba vivir escondido en las tinieblas. Por eso, bajo la luz de Fanés, quien permanecía en el huevo de plata, el Amor empezó a levantar los velos que cubrían a la naturaleza, uniendo al Cielo y la Tierra en un abrazo violento y apasionado del cual nació todo lo que faltaba por nacer.

Eurinome y Ofión engendran el mundo

La mutilación de Urano, de Vasari
Otros poetas dicen que en el inmenso Caos vivía, solitaria y poderosa, la bella diosa Eurinome. Le gustaba mucho danzar, pero, como no encontraba nada sólido donde apoyar los pies, separó el mar del cielo. Y empezó a saltar, feliz, sobre las ondas que formara.
Fue danzando en dirección al sud, agitando con violencia sus ágiles piernas, cuando súbitamente se levantó, del lado norte del mundo, un viento muy fuerte.
Como le resultara agradable el aire fresco que le proporcionaba el viento, decidió empezar con él la obra de la creación.
Abrazó a su fluido compañero y, con manos nerviosas, lo restregó incansablemente, hasta que lo tornó sólido.
El viento se transformó en una serpiente de nombre Ofión, que se extendió a los pies de su creadora.
Como hacía frío, la bella diosa volvió a bailar (ahora con redoblada violencia), para entrar en calor.
La serpiente se enamoró de ese cuerpo enérgico y esbelto cuyas formas se agitaban frente al suyo.
Y se unió a Eurinome, haciéndola engendrar todas las cosas que existen en el mundo.
Para que sus hijos nacieran, Eurinome tuvo que transformarse en paloma, y sentarse en las olas del mar. Llegado el momento, la paloma puso un huevo que contenía el germen de todos los seres. Después, Ofión se enroscó siete veces alrededor del huevo, para incubarlo.
Cuando se rompió la cáscara, del huevo salieron el Sol, la Luna, los Planetas, los Astros, la Tierra (con sus montañas y ríos), los árboles, las plantas, los animales y los hombres.
Orgullosos y cansados ante todo lo creado, Ofión y Eurinome se instalaron en el Olimpo.
Pero Ofión empezó a pelear con su creadora. Quería ser el único rey de la naturaleza, ya que de su semen había nacido todo.
Eurinome se irritó y atacó a Ofión. Le rompió los dientes y lo obligó a encerrarse para siempre en las profundidades de la Tierra.
Soberana absoluta, Eurinome continuó su obra. En cada planeta colocó dos Titanes, para procrear las especies. Tía (Theia) e Hiperión se convirtieron en señores del Sol; Febe y Atlas, en señores de la Luna, y Dione y Críos, Metis y Voyos, Temis y Eurimedón, Tetis y Océano, Rea y Cronos reinaron sobre los otros planetas.
Cronos devoraba a sus propios hijos, para que no le usurpasen el poder. Sólo Zeus escapó a la furia de su padre; lo destronó e instaló en la Tierra el reino de los Olímpicos.
Así contaban los pelasgos, antiguos habitantes de Grecia, la historia de la creación.

10.3.11

Divinidades Primordiales III

Techo de la Sala de Saturno (Palazzo Pitti), de Ciro Ferri (detalle)
Cronos significa el Tiempo: el hambre devoradora de vida, el deseo insaciable de evolución. Juntamente con Rea (Cibeles), su esposa y hermana, establece un reinado que se asemeja a la era preconsciente de la humanidad. En ese período, el Tiempo es todavía ciego. La vida no se comprende a sí misma, parece más bien un simple hervidero de elementos confusos que una real evolución.
Ininterrumpidamente nacen y mueren seres, sin orden alguno. Cronos devora a sus hijos. Zeus ordenará definitivamente el universo. Él es el principio divino de la espiritualidad, el nuevo orden que surgirá con la generación de los Olímpicos. Destronando a su propio padre, Zeus establecerá la base de las relaciones entre todos los seres.
Ni monstruosos, ni gigantescos, ni ciegos como los primeros hijos de Gaia, los Olímpicos corresponden, tal vez, míticamente, al Homo sapiens en la evolución de las especies. O sea: un ser consciente, parlante y bípedo.
Las divinidades primordiales forman parte únicamente de la mitología, y no de la religión. Tienen una importancia sólo cosmogónica, y como tal, no actúan como elementos protectores o vengativos en lo que respecta a los hombres. Por eso casi no se les rinde culto. Gaia y Eros son la excepción. En Tespias existía un culto a Eros, en que el dios era representado por una piedra en bruto, y venerado simplemente como elemento fecundante.
Gaia también era honrada como símbolo universal de la fecundidad y como profetisa. Dicen que el oráculo de Delfos, antes de pertenecer a Apolo, perteneció a Gaia. En su primera atribución la alaba Homero: "Yo cantaré a la Tierra, Madre de todas las cosas. Inalterable antepasada del mundo. Origen de todo lo que se arrastra sobre el suelo, nada en mar, vuela en el aire. De ti, augusta diosa, nacen las bellas criaturas y los hermosos frutos, pues tú les das y les retiras la subsistencia a tu voluntad. De la riqueza que esparces, de la abundancia de tu corazón, toma el hombre todas las cosas: la cosecha que llena los campos, y el ganado robusto que allí prospera..."
En Patras se consideraba que Gaia era capaz de curar todas las dolencias. Pero pronto pierde sus características de divinidad primordial, mezclándose con las otras diosas olímpicas. Dejando de ser el sólido principio generador de todas las cosas, surgido del Caos y unido a Urano, se confundió con Afrodita (Venus), Hera (Juno) u otras diosas.
Existen pocas representaciones artísticas de las divinidades primordiales. Gaia es representada normalmente como una mujer gigantesca de formas pronunciadas.
También las luchas entre los dioses y los Gigantes constituyeron temas de vasos, relieves y esculturas antiguas. En esas obras, los Gigantes generalmente asumen apariencia humana, siendo apenas mayores y más salvajes que los hombres comunes.

Divinidades Primordiales II

Gran Diosa, vaso ritual cretense
Todas las formas habrían emergido del misterioso Caos. Gaia, la madre Tierra, puede ser considerada la primera "aparición" de la materia. Por sí sola engendra a Urano, movida por la necesidad de tener un compañero. Eros, su contemporáneo en el Caos, principio espiritual del Amor, hace que Gaia se una a su primogénito. Fecundada por éste, Gaia da a luz a los Titanes, los Cíclopes (monstruos de un solo ojo) y los Hecatónquiros (gigantes de cien bazos y cincuenta cabezas). Éstos son la personificación de las fuerzas de la naturaleza material que siempre oponen dificultades y obstáculos al surgimiento definitivo de las formas ordenadas y constantes de la vida. Corresponden a la primera etapa de la gestación evolutiva. Representan los cataclismos que transformaron la faz del mundo, preparándolo para recibir las diversas especies de los tres reinos naturales y al ser humano.
Urano, padre y hermano de esas fuerzas, se rebela contra ellas y atrae a Cíclopes, Titanes y Hecatónquiros al Tártaro, una de las regiones del Erebo subterráneo. Pero Gaia, madre-materia, se rebela a su vez y libera a sus hijos. Ella es naturaleza, y como tal no impide más bien alienta que los fenómenos naturales sigan su curso. La layenda cosmogónica de Hesíodo muestra a Cronos, el Tiempo, indomable hijo de Gaia y Urano, rebelado contra su padre por este incesante fecundar a su madre. Otra razón de su rebelión es, justamente, la devastación que la Tierra sufre con la violencia de sus otros hijos, los Hecatónquiros y los Cíclopes. Para que Gaia no continúe engendrando infinitamente, Cronos corta los genitales de su padre. Su instrumento es una guadaña que la propia Tierra había afilado con ese objeto. La guadaña es el símbolo de la muerte. Pero quien muere no es Urano (él es inmortal): es su reino, que deja lugar al de Cronos, inclinándose a la implacable necesidad de evolución.
Al caer sobre la tierra, la sangre de Urano la fecunda una vez más, engendrando a las Erinias (símbolos de la culpa de Cronos), los Gigantes y las Melíadas, Ninfas de los árboles. Al caer en el mar, los genitales del dios forman, con el semen expelido antes de la castración, una blanca espuma, de la cual nace Afrodita (Venus).

Divinidades Primordiales I

La Noche y El Día, de Miguel Angel
El mito cosmogónico es una tentativa de explicar el origen del universo, de las cosas y de los seres animados. Tanto Homero (siglo IX a.C.) como Hesíodo (siglo VIII a.C.), los órficos (siglo VI a.C.), y los demás poetas y filósofos de la Antigüedad trataron de encontrar, ante ese inmenso misterio, el principio del universo: surgieron así mitos, es decir, historias simbólicas y explicativas, y teorías racionales.
El Caos, materia informe, existente desde siempre, fue considerado por los antiguos principio de todo, fundamento del mundo. Inicialmente Hesíodo lo describió como un espacio abierto, una extensión pura: más tarde el Caos fue concebido como el "donde" primordial en el que preexistían todos los elementos del universo, aunque latentes y desorganizados.
Qué había antes del Caos, para engendrarlo o crearlo, nadie se lo preguntaba. Había existido siempre. La sustancia productora del universo no era un ser inteligente y personal que existe eternamente, y que creó el mundo de la nada, por su sola voluntad, sino una "materia prima" en la que se "recortaron" todos los seres individuales, dioses, hombres, animales, plantas y minerales. Una vez organizado, el Caos se llamó el Cosmos (el mundo).
Era primordial de la realidad, anterior al surgimiento de los seres particulares, el Caos escapa a la aprehensión exacta por el lenguaje humano. Es inefable, revestido de misterio, y sólo puede ser aludido a través de metáforas que no lo aprisionan por completo: apenas lo sugieren.
Considerado como matriz del universo, era necesario atribuir al Caos el germen de las oposiciones que manifiesta el mundo: los contrastes de la permanente tensión entre luz y sombra, unidad y pluralidad, vida y muerte, espíritu y materia, etc, "pares opuestos" que marcarán la producción artística y filosófica de los griegos.
Otro aspecto de la dualidad fundamental aparece en la oposición entre Orden y Desorden. Los Titanes, fuerzas tempestuosas de la naturaleza, y la primera generación olímpica gobernada por Zeus (Júpiter), entablan una guerra que dura diez años (período simbólico), al final de la cual los dioses vencedores establecen una nueva jerarquía de poder. Su victoria representa la afirmación del Orden sobre el Desorden.
Bajo la influencia de ideas filosóficas posteriores, se ve en ese mito la intención de mostrar a la divinidades olímpicas como espirituales, y la constitución de los Titanes y de las demás divinidades primordiales como básicamente material. Así, Urano (Cielo; Caelus), Cronos (El Tiempo; Saturno) y Gaia (la Tierra; Tellus) serían "materialidad" destronada por Zeus, la "espiritualidad".

En el Caos está el origen de todas las cosas

"En el principio, era el Caos", cuenta el poeta Hesíodo. Era el espacio abierto, la pura extensión ilimitada, el abismo. Súbitamente, del Caos surgió la primera realidad sólida: Gaia o Gea, la Tierra (Tellus). Fue ella quien dio un sentido y un orden al Caos, al limitarlo, e instaló en él el suelo, escenario de la vida.
Después vino la Noche, la tiniebla profunda. Y debajo de la Tierra se constituyó el Erebo o Érebos (el crepúsculo), morada de las sombras.
Quedaba todavía, sobre Gaia, un espacio vacío. Para llenarlo, ella "creó un ser igual a sí misma, capaz de cubrirla por entero". Por sí misma creó a Urano, el Cielo estrellado.
En soledad originó también a las Montañas y a Ponto, el Mar inquieto y profundo.
Como la Tierra (es decir, sin unirse a fuerza alguna), la Noche engendró el Éter (luz que iluminaría a los dioses en las más altas regiones de la atmósfera) y el Día, claridad de los mortales que, en el espacio, se alterna con su madre para no cansarla.
Por ese entonces rondaba en el Caos el poderoso Eros, el Amor Universal. A partir de entonces ninguna fuerza podría engendrar nada sola.
Movida por Eros, Gaia se unió a Urano, su primogénito, engendrando con él muchos y muchos hijos. Una raza violenta pobló la Tierra y la animó con nuevas formas de vida.
El escenario del mundo está listo. Los personajes se preparan para vivir su drama.

9.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes II)

Grifo
El concepto de arte, para los griegos, se fundió en la imitación de la naturaleza y permaneció así, aun cuando el mito y los dioses pasaron a ser objeto de análisis filosóficos, no siempre devotos, como los de los sofistas (siglo V a.C.), o material del drama trágico o cómico, no siempre reverente, como las tragedias de Eurípides (485? - 406 a.C.) y las comedias de Aristófanes (448-388? a.C.). Platón (427? - 347?) y Aristóteles (384? - 322 a.C.), los filósofos griegos mayores, a pesar de haber dado cada cual un matiz diferente al sentido del término, insisten en que el arte es mímesis (imitación). Y por muchos siglos este concepto orientó principios estéticos y técnicas artísticas.
Sibila délfica, de Giovanni di Biagio
Las primeras obras que conocemos de la gran escultura griega (siglos IX-VIII a.C.) son estatuas que representan a dioses con los atributos que el mito les confería. Vasos ornamentales o de uso cotidiano, hechos de arcilla cocida, son embellecidos con escenas mitológicas. Utensilios domésticos y objetos de uso personal están decorados en la misma forma. La literatura griega se alimenta casi exclusivamente de mitos. Y sin el mito no existiría el teatro de Esquilo (525-456 a.C.), Sófocles (496?-406? a.C.), Eurípides, Aristófanes y Menandro (342-293 a.C.).
Lamentablemente, la música de los griegos no es conocida más que por referencias indirectas. Sin embargo, uno de los mitos mayores, el de Orfeo, está centralizado precisamente en este arte que poetas, filósofos y escritores han concordado en juzgar el más divino entre todos. Orfeo sería el inventor del canto y de varios instrumentos musicales, con los que atraía no sólo a los hombres, sino hasta a los animales y plantas.
El acervo de la civilización occidental sería bastante menos rico y expresivo sin la mitología griega, puesto que es de los griegos de quienes tomó sus fundamentos y el néctar que la rejuvenece constantemente. Penetrar en la mitología helénica es, por lo tanto, remontarse a los orígenes de nuestra vida intelectual, sea expresados en el arte, sea reflejados en el pensamiento filosófico, sea sublimados en la admiración de lo bello, o a través de lo trágico, lo cómico y lo lírico. O, aún, cuando nos reiteramos las preguntas ¿de dónde venimos? ¿hacia dondé vamos? ¿quiénes somos? la respuesta tal vez sería: todavía estamos ante un espacio abierto, ante un Caos, que espera organización definitiva.

8.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA

Templo de Neptuno en Paestum
La mitología helénica es una de las concepciones más geniales que la humanidad ha producido. Los griegos, con su fantasía, poblaron el cielo y la tierra, los mares y el mundo subterráneo de divinidades principales y secundarias. Amantes del orden, instauraron una categoría intermedia precisa para los semidioses y héroes. Grandes observadores, crearon nuevos nombres para los diferentes fenómenos de la realidad natural. La mitología griega se presenta como una transposición de la vida en zonas ideales. Superando el tiempo, se conserva todavía fresca con toda su serenidad, equilibrio y alegría. Pródigamente, ha alimentado la literatura y las artes a través de los siglos. La cultura occidental le debe mucho de su espíritu y su sentido, sino del propio hecho de existir.
Los griegos no fueron nunca grandes políticos ni crearon militarmente imperio durable alguno. Hasta se admite que su espíritu crítico haya contribuido a su fragmentación política en un puñado de pequeños estados. Pero ese espíritu crítico los llevó a la observación de la vida, el mundo y el hombre, para preguntarse: ¿cuál es el origen de los seres?
La respuesta que obtuvieron no apuntaba a la Nada, ni a un Dios creador, sino a un espacio abierto, que llamaban Caos, materia informe a la espera de ser organizada. No podían llegar a la Nada, porque para los griegos la Nada era impensable. Hasta su matemática ignora el cero. "De lo no existente ninguna cosa puede nacer, y ninguna cosa puede desaparecer en el no ser absoluto", dice el filósofo Empédocles (495? - 435? a.C.). No llegaron a la idea de un Dios creador absoluto, pues percibían que todo lo que existía, aunque se evidenciaba regido por una fuerza vital única, presentaba varias formas, diferentes maneras de ser, múltiples funciones, grados infinitos.
Por consiguiente, concibieron el Caos, algo ya existente, masa tosca y carente de estructura, donde fuerzas intrínsecas y latentes podrían (si organizadas) producir y perpetuar la vida. Su ordenación no es obra de un dios exterior al mundo. Al contrario, los propios dioses nacen, de alguna manera, de esa materia. Pues es la Tierra (condensación de la materia) que, en amoroso abrazo con el Cielo, da origen a las divinidades primordiales.
El hombre también nació así. Por eso, el poeta Píndaro (518 - 446 a.C.) canta: "Igual es el género de los hombres al de los dioses, pues todos recibimos la vida de la misma madre; sólo una fuerza completamente diferente distingue a los dioses".
Templo de Dioniso en Atenas
La fuerza que ordenó el Caos dejó en las entrañas de la Tierra una multiplicidad de poderes generadores, que engendraron todas las formas existentes en la superficie terrestre: seres vegetales y animales, trayendo cada cual dentro de sí su propio dáimon (espíritu, fuerza). La vida y sus manifestaciones son obra de un dáimon, que ellas guardan como elemento responsable de su manera de ser.
Aquí se encuentran las raíces del mito, como tentativa de penetrar, por medio de la imaginación, en lo que no se explica de otra manera: el misterio de la existencia.

Qué es la mitología
Con la palabra mitología se designan dos conceptos: el conjunto de mitos y leyendas que un pueblo imaginó, y el estudio de los mismos. La palabra viene del griego mythos, que significa fábula, y logos, tratado. El concepto de fábula no nos debe inducir a creer que el mito sea una ficción caprichosa de la imaginación. Dentro de la narrativa mítica se esconde un aspecto, un núcleo, que encierra una realidad.
Para la consciencia mítica todo debe haber tenido un origen. Si este origen quedó cubierto por las tinieblas del tiempo y del misterio, ello no significa que no pueda ser recuperado por la imaginación. La realidad de las cosas está ahí para demostrar la repetición de los orígenes en los ciclos de la vida. La temporalidad de los acontecimientos poco interesa. Interesa, sí, el hecho de que se repiten: por eso son perennes.
El mito consiste en esta "historia perenne": es la historia de los acontecimientos que no tienen fin porque se repiten. Reconociendo en cada acto cotidiano una participación en los grandes ciclos de la vida (que no son más que la repetición de los ciclos-modelo narrados por la mitología) el hombre se siente participar de la gran eternidad mítica, y se libera de su transitoriedad. Participando de sus orígenes, el hombre consigue, si no propiamente sobrevivir, vivir integralmente. Dentro de la mentalidad mítica, la propia muerte puede tener sentido.
Templo de Apolo en Pompeya
Pero esta reconciliación del hombre con la vida y con la muerte (la una imposible sin la otra) mal puede distinguirse de la integración total en la naturaleza, especialmente en la naturaleza viva. A través de la mitología (desde las más primitivas hasta las más moderna de sus formas, disfrazada de ficción científica) siempre el hombre buscó abreviar la distancia que lo separa del universo irracional. El mito busca superar este abismo, al mezclar todos los orígenes. No sólo del mundo y del hombre, sino también de los animales y de las plantas: todo lo que nace, vive, es sexuado, organizado, se deshace y muere; pero vuelve y continúa.
Debido a su cáracter fundamental, el mito conserva hasta nuestros días vitalidad y presencia grandiosa: trata los mismos problemas (existenciales, morales y sociales) que continúan afligiendo a la humanidad. Por eso el hombre no ha dejado de crear nuevos mitos, aunque haya pisado la Luna.
Mircea Eliade, en su trabajo Mito y Realidad, define de manera ejemplar la estructura y la finalidad del mito: "... De modo general, se puede decir que el mito, tal como es vivido por las sociedades arcaicas, 1) constituyó la Historia de los actos de los Entes Supremos; 2) que esa Historia es considerada absolutamente verdadera (porque se refiere a la realidad) y sagrada (porque es obra de los Entes sobrenaturales); 3) que el mito se refiere siempre a una 'creación', contando cómo algo vino a la existencia, o cómo se establecieron una norma de comportamiento, una institución, una manera de trabajar; ésa es la razón por la cual los mitos constituyen los paradigmas de todos los actos humanos significativos; 4) que, conociendo el mito, se conoce el 'origen' de las cosas, llegándose en consecuencia a dominarlas y manipularlas a gusto; no se trata de un conocimiento que es 'vivido' ritualmente, sea narrado ceremonialmente el mito, sea efectuando el ritual al que sirve de justificación; 5) que, de una u otra manera, 'se vive' el mito, en el sentido en que se está impregnando por el poder de lo sagrado, que exalta los eventos rememorados o ritualizados."