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9.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes I)

Relieve votivo a Apolo, Arte griego
Los dioses en las artes
Cuando los romanos entraron en contacto más íntimo con la civilización griega (siglo III a.C.) asumieron ese espíritu de la religión helena, y grecizaron sus dioses a tal punto que no es fácil distinguir de los habitantes del Olimpo a los protectores de la Urbs, Roma. Júpiter se identificó con Zeus, y así también Venus con Afrodita, Marte con Ares, Neptuno con Poseidón, Ceres con Deméter, Juno con Hera, Vulcano con Hefesto, Mercurio con Hermes, etc. Pocos fueron los aspectos latinos que permanecieron en ellos. Por esta razón se puede emplear el nombre latino para indicar una correspondiente divinidad griega, aun cuando la simbología no haya sido, en origen, idéntica.
Relieve de Atenea
En los poemas homéricos, el concepto de la belleza se vincula con lo resplandeciente, lo brillante, lo vivaz, lo claro, lo blanco, lo dorado, lo rojo, lo rosado. Hay la belleza de lo que es elevado: de las nubes, del cielo, de las montañas, de las aguas enfurecidas del mar, y, en el plano espiritual, de lo sublime, de lo digno, de lo noble. Hay la belleza de lo numeroso, de lo grande, de lo ancho, de lo profundo. Hay la belleza de lo juvenil, de lo delicado, de lo floreciente, de lo gracioso y, por contraste, de lo fuerte, de lo inquietante, de lo inexorable.
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".

8.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (El mundo de los dioses)

Agorá de Atenas; detalle de los Gigantes
El mundo de los dioses
Los primeros mitos brotan, pues, de la proyección imaginativa que el hombre hace de las funciones máximas de la vida: nacimiento, amor y muerte; maternidad y paternidad; virginidad. Y sintetizan todo lo que el hombre, mediante la inteligencia y el sentimiento, consiguió conquistar, frente a una vida que no solicitó, a una muerte que lo amedrenta, a deseos que lo dominan y a una naturaleza cuyos fenómenos (sol, lluvia, viento, cataclismos, enfermedades) lo asombran o lo aniquilan.
La mujer que engendra se torna figuración de la madre universal, y la misma divinidad, por analogía de función, pasa a presidir los nacimientos de la naturaleza toda, y es venerada como genitora y consoladora, como Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra y, posteriormente, Deméter. De modo semejante, la función de padre será asumida por Urano, después por Cronos y, finalmente, por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres. Las demás relaciones, directas e indirectas, con la existencia y con el mundo, toman la figura de otros dioses y semidioses que habitan el Olimpo, la superficie de la tierra o sus entrañas, figuras de lo más variadas que se van condensando como reflejo de los deseos, necesidades, hechos históricos, situaciones sociales y económicas. Ellas son la expresión profunda de los aspectos básicos de la condición humana en sí y de las dimensiones que ésta asume en el ambiente y en el tiempo.
Templo de Júpiter en Terracina
Los dioses, por esto, comparten con los hombres alegrías, odios y otros sentimientos. Zeus, a pesar de su majestuosa paternidad, tiene aventuras amorosas, aunque éstas encierren, por lo general, alguna enseñanza. Hermes, el mensajero de los dioses, es simulador y abusivo. Ares, el protector de las ciudades, es brutal y estimula matanzas. Afrodita, diosa del amor que todo vivifica y de la belleza que todo lo sublima, es infiel a su pareja, Hefesto, dios del fuego. A Eros, que el mito primordial identifica con la fuerza ordenadora del Caos, se opone Eris, la Discordia, que todo disgrega. Y, para conservar la belleza y la juventud perennes, los dioses inmortales también se tienen que alimentar: de néctar y ambrosía.
Al madurar en Grecia las artes plásticas (siglos VIII-VII a.C.), esas figuras elementales que hasta entonces fluctuaban en la imaginación de todos y en el canto de los aedos, comenzaron a encontrar una interpretación realista. Tan fuerte, sin embargo, era el símbolo que las vivificaba, que la imagen artística, materializada en el mármol o en la pintura, no eliminó lo sobrenatural; por el contrario, lo perpetuó.
Diosa Madre, Arte cretense
Esta fijación artística del mito no significó, sin embargo, su estancamiento. Mientras la civilización griega pasaba por transformaciones radicales, también el mito se modificaba, en respuesta a las nuevas condiciones económicas y psico-sociales. Se explica, así, cómo un mismo mito (o un mismo dios) haya adquirido, a lo largo del tiempo, una multiplicidad de significados y atribuciones. Así también nacieron o fueron importadas otras leyendas, que vinieron a combinarse con los mitos primitivos, volviendo todavía más complejo y más rico el mundo mitológico de los griegos.
Se nota, por ejemplo, que los dioses que aparecen en los grandes poemas de Homero (siglo IX a.C.), Ilíada y Odisea, ya no son exactamente los mismos de las tradiciones anteriores. Están más directamente interesados en las cuestiones humanas, y gustan de intervenir en las vicisitudes de los mortales. Así también sucede en Hesíodo (siglo VIII a.C.) autor de la Teogonía (y también del tratado Los Trabajos y los Días): cuando presenta la genealogía de los dioses griegos, se nota la tendencia a introducir un cierto orden en la confusa familia de las divinidades, usando un criterio que mucho refleja las condiciones económicas y sociales de la Grecia agraria de su época. En condiciones ya distintas, en los siglos VI y V a.C., cuando filósofos y dramaturgos manejan el material mítico, dioses y héroes deponen el halo de que los rodeaba el mito primitivo.