16.3.11

De la negra Noche nace Eros

Saturno, de Agostino de Duc
Antes de existir el gran mar y la fértil tierra, y el cielo azul que recubre el mundo; antes de que la naturaleza (que nuestros ojos ven y todos nuestros sentidos ayudan a captar) viviese como vive ahora: organizada, plástica, sabia, poderosa; antes de todo eso, era el Caos: masa tosca e informe que constituía el universo.
En el comienzo, lo que existía era inerte (dice Ovidio, poeta latino). Era un peso muerto. Un montón de elementos dispares.
En ese tiempo, ninguna luz daba al mundo calor y claridad. Ni el Sol ni la Luna recorrían todavía la bóveda celeste, transformando cada día en un nuevo día, y cada noche en una noche clara.
La Tierra todavía no estaba suspendida en el aire, equilibrada por su propio peso. Y Anfitrite, la reina del mar, no había extendido aún sus dulces brazos hasta las márgenes.
Tierra y Mar eran una mezcla indistinta de vida y agitación.
El suelo no tenía densidad. El mar no fluía. El aire no tenía luz. Nada poseía forma propia. Y en el interior de esa masa única, se entablaba la constante batalla de los principios opuestos: el frío combatiendo al calor; la humedad contra la sequía; la liviandad contra el peso.
Poco a poco, un germen inteligente, un dios ordenador emergió del Caos. Definió (delimitó) y armonizó (equilibró) todo, según su soberana voluntad. La paz se hizo en el universo. Pero permaneció para siempre encendida la chispa del conflicto, porque el orden, el límite y el equilibrio no son estáticos...

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