| Relieve votivo a Apolo, Arte griego |
Cuando los romanos entraron en contacto más íntimo con la civilización griega (siglo III a.C.) asumieron ese espíritu de la religión helena, y grecizaron sus dioses a tal punto que no es fácil distinguir de los habitantes del Olimpo a los protectores de la Urbs, Roma. Júpiter se identificó con Zeus, y así también Venus con Afrodita, Marte con Ares, Neptuno con Poseidón, Ceres con Deméter, Juno con Hera, Vulcano con Hefesto, Mercurio con Hermes, etc. Pocos fueron los aspectos latinos que permanecieron en ellos. Por esta razón se puede emplear el nombre latino para indicar una correspondiente divinidad griega, aun cuando la simbología no haya sido, en origen, idéntica.
En los poemas homéricos, el concepto de la belleza se vincula con lo resplandeciente, lo brillante, lo vivaz, lo claro, lo blanco, lo dorado, lo rojo, lo rosado. Hay la belleza de lo que es elevado: de las nubes, del cielo, de las montañas, de las aguas enfurecidas del mar, y, en el plano espiritual, de lo sublime, de lo digno, de lo noble. Hay la belleza de lo numeroso, de lo grande, de lo ancho, de lo profundo. Hay la belleza de lo juvenil, de lo delicado, de lo floreciente, de lo gracioso y, por contraste, de lo fuerte, de lo inquietante, de lo inexorable.
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".
| Relieve de Atenea |
La civilización de los tiempos de Homero ama la belleza plástica de los palacios, de las ramas, de las armas y de los barcos, y pone en evidencia la belleza del canto, de la danza y de la música (preludio del gran teatro griego de los siglos sucesivos).
Todo está ligado a las manifestaciones del mundo que está en derredor del hombre, de donde le llegan a éste los efectos de las fuerzas que en él operan. Es fácil ver que el concepto de la belleza está envuelto en el misterio, tanto como la luz, los colores, las dimensiones de las cosas, las proporciones de los objetos, las cualidades visibles y audibles. La belleza es tan divina como los dioses, y por eso es representada por muchos de ellos bajo todos sus diferentes aspectos. "Tan fascinante", se dirá, "como el nacimiento de Venus de la espuma del mar; tan atrayente como la Aurora que es perseguida por el Día de la misma manera que Apolo persigue a Dafne; tan terrible como Júpiter cuando lanza sus rayos; tan delicada como Diana cuando anda por los bosques al resplandor de la Luna; tan fecunda como Ceres, la diosa de las mieses..."
Si el mito, pues, fue el esfuerzo del hombre por captar la naturaleza y llegó, así, a crear a los dioses, la belleza es, para los griegos, la síntesis de la armonía, de la medida, del orden de esa misma naturaleza, que los dioses (más fuertes e inmortales) poseen en grados y condiciones diferentes. A los hombres les resta el imitar lo natural para alcanzar lo bello, dejando que los dioses les enseñen los medios para hacerlo. Un poeta que canta es inspirado por Apolo y las Musas, porque según dice Homero en la Ilíada "gracias a las Musas y a Apolo es que hay cantores y músicos en la Tierra".
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