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9.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Los dioses en las artes II)

Grifo
El concepto de arte, para los griegos, se fundió en la imitación de la naturaleza y permaneció así, aun cuando el mito y los dioses pasaron a ser objeto de análisis filosóficos, no siempre devotos, como los de los sofistas (siglo V a.C.), o material del drama trágico o cómico, no siempre reverente, como las tragedias de Eurípides (485? - 406 a.C.) y las comedias de Aristófanes (448-388? a.C.). Platón (427? - 347?) y Aristóteles (384? - 322 a.C.), los filósofos griegos mayores, a pesar de haber dado cada cual un matiz diferente al sentido del término, insisten en que el arte es mímesis (imitación). Y por muchos siglos este concepto orientó principios estéticos y técnicas artísticas.
Sibila délfica, de Giovanni di Biagio
Las primeras obras que conocemos de la gran escultura griega (siglos IX-VIII a.C.) son estatuas que representan a dioses con los atributos que el mito les confería. Vasos ornamentales o de uso cotidiano, hechos de arcilla cocida, son embellecidos con escenas mitológicas. Utensilios domésticos y objetos de uso personal están decorados en la misma forma. La literatura griega se alimenta casi exclusivamente de mitos. Y sin el mito no existiría el teatro de Esquilo (525-456 a.C.), Sófocles (496?-406? a.C.), Eurípides, Aristófanes y Menandro (342-293 a.C.).
Lamentablemente, la música de los griegos no es conocida más que por referencias indirectas. Sin embargo, uno de los mitos mayores, el de Orfeo, está centralizado precisamente en este arte que poetas, filósofos y escritores han concordado en juzgar el más divino entre todos. Orfeo sería el inventor del canto y de varios instrumentos musicales, con los que atraía no sólo a los hombres, sino hasta a los animales y plantas.
El acervo de la civilización occidental sería bastante menos rico y expresivo sin la mitología griega, puesto que es de los griegos de quienes tomó sus fundamentos y el néctar que la rejuvenece constantemente. Penetrar en la mitología helénica es, por lo tanto, remontarse a los orígenes de nuestra vida intelectual, sea expresados en el arte, sea reflejados en el pensamiento filosófico, sea sublimados en la admiración de lo bello, o a través de lo trágico, lo cómico y lo lírico. O, aún, cuando nos reiteramos las preguntas ¿de dónde venimos? ¿hacia dondé vamos? ¿quiénes somos? la respuesta tal vez sería: todavía estamos ante un espacio abierto, ante un Caos, que espera organización definitiva.

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (Mito y religión)

Anfora griega
Mito y Religión
"Vivir el mito" implica una experiencia religiosa. Sin embargo, en el caso específico de los griegos, es necesario aclarar que el mito no se identifica totalmente con la religión, aunque las afinidades y encuentros sean íntimos y frecuentes. La religión presupone, hoy y por lo general, un cuerpo de doctrinas, de reglas, de creencias y prácticas autorizadas o impuestas y aceptadas por todo un grupo de manera casi uniforme. Todo ello, inclusive, ha sido "revelado" por el Ente Superior y codificado en un Libro Sagrado, que sirve de orientación para la conducta humana frente al Poder extraterreno o sobrehumano de que se depende.
Aqueloo, Arte etrusco
La religión establece, por consiguiente, un vínculo individual y social con el Poder concebido como transcendente. El mito griego, por el contrario, no liga al hombre a la divinidad en forma de crear entre los dos una relación necesariamente doctrinaria y normativa. El sacrilegio que el hombre puede cometer contra un dios (por ejemplo, sustrayendo un objeto destinado a su culto), no es un acto diferente, por su naturaleza, de un hurto practicado en casa de una persona humana. Es una ofensa a la justicia, que regula los deberes para con los otros, una acción inmoral, y, por supuesto, es importante el poder del ofendido, pero no constituye desobediencia a un mandamiento de la divinidad.
Frente a esto no existe, para el griego, el sentimiento de contrición, el tormento interior por el cual se invoca al dios para implorarle el perdón de la falta irreparable. El hombre griego conoce, eso sí, el arrepentimiento y el deseo de enmendarse y reparar el daño, mejorándose de esa manera.
"Vivir el mito" implica, por lo tanto, ese tipo de experiencia: conocerse a sí mismo, como estaba escrito en el frontón del templo de Apolo en Delfos. Experiencia que debe ser entendida más en el sentido naturalista que propiamente como experiencia religiosa. El hombre sigue su naturaleza; en ella encuentra la fuerza para modelar su vida.
Cabe recordar que es la vida, con toda su variedad y multiplicidad, la que toma forma en el mundo de los dioses helenos. Cuando el filósofo Tales (640? - 547? a.C.) dijo que "todo está lleno de dioses", no entendió referirse a entidades abstractas y distantes que, en un momento determinado, hubieran resuelto crear, organizar y dirigir el mundo. Quiso significar la fuerza maravillosa de la naturaleza, que da forma a todo con miras a un fin. En último análisis, el dáimon.
Astarté, Arte fenicio
Quien toma primero en Grecia ese principio "demóniaco" (y no demoníaco, pues nada tiene que ver con el Demonio de las religiones actuales), no es la religión, sino el mito. Entre los griegos es aquella la que proviene de éste. Por ese motivo, en la Hélade nunca hubo un Libro Sagrado, como entre los judíos, los hindúes, etc. El mito no deja de expresar profundas ansiedades religiosas, aspiraciones morales, necesidades de perfeccionamiento espiritual, pero no llega, sin embargo, a fijar un esquema de leyes, a prometer premios a los buenos y castigos a los malos, sobre bases normativas y constantes.
¿En qué consiste, entonces, el mundo divino de los helenos? (pregunta el helenista Max Pohlenz). Y responde: "Es el mundo en su contenido esencial, la totalidad de las fuerzas que en él operan; es la vida contemplada en una multiplicidad de figuras excelsas e inmortales".
Apolo, por ejemplo, no es sólo el dios de la luz ("Fóibos"), de la belleza armoniosa, de la profecía, sino además el "Boedromios" (el socorredor), el "Aguyéus" (patrono de las calles y caminos), el "Delfinios" (favorable a la navegación y al comercio marítimo), el "Nomios" (protector de los pastores), el "Smintheus" (destructor de ratas), el "Tharguelios" (que hace madurar los frutos). La religión griega permanece ligada al mundo de los seres naturales y de las relaciones directas entre lo cotidiano y lo divino.
Excavaciones arqueológicas y profundos estudios filológicos nos informan hoy día que gran parte de los dioses superiores de la mitología griega no son autóctonos, sino importados de otros pueblos. Pero, sin embargo, esos dioses adquirieron los caracteres específicos y originales de la inteligencia especulativa de los griegos, tornándose inconfundiblemente helenos.

8.3.11

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA (El mundo de los dioses)

Agorá de Atenas; detalle de los Gigantes
El mundo de los dioses
Los primeros mitos brotan, pues, de la proyección imaginativa que el hombre hace de las funciones máximas de la vida: nacimiento, amor y muerte; maternidad y paternidad; virginidad. Y sintetizan todo lo que el hombre, mediante la inteligencia y el sentimiento, consiguió conquistar, frente a una vida que no solicitó, a una muerte que lo amedrenta, a deseos que lo dominan y a una naturaleza cuyos fenómenos (sol, lluvia, viento, cataclismos, enfermedades) lo asombran o lo aniquilan.
La mujer que engendra se torna figuración de la madre universal, y la misma divinidad, por analogía de función, pasa a presidir los nacimientos de la naturaleza toda, y es venerada como genitora y consoladora, como Madre Inmortal. Será Gaia, la Tierra y, posteriormente, Deméter. De modo semejante, la función de padre será asumida por Urano, después por Cronos y, finalmente, por Zeus, consagrado como padre de los dioses y de los hombres. Las demás relaciones, directas e indirectas, con la existencia y con el mundo, toman la figura de otros dioses y semidioses que habitan el Olimpo, la superficie de la tierra o sus entrañas, figuras de lo más variadas que se van condensando como reflejo de los deseos, necesidades, hechos históricos, situaciones sociales y económicas. Ellas son la expresión profunda de los aspectos básicos de la condición humana en sí y de las dimensiones que ésta asume en el ambiente y en el tiempo.
Templo de Júpiter en Terracina
Los dioses, por esto, comparten con los hombres alegrías, odios y otros sentimientos. Zeus, a pesar de su majestuosa paternidad, tiene aventuras amorosas, aunque éstas encierren, por lo general, alguna enseñanza. Hermes, el mensajero de los dioses, es simulador y abusivo. Ares, el protector de las ciudades, es brutal y estimula matanzas. Afrodita, diosa del amor que todo vivifica y de la belleza que todo lo sublima, es infiel a su pareja, Hefesto, dios del fuego. A Eros, que el mito primordial identifica con la fuerza ordenadora del Caos, se opone Eris, la Discordia, que todo disgrega. Y, para conservar la belleza y la juventud perennes, los dioses inmortales también se tienen que alimentar: de néctar y ambrosía.
Al madurar en Grecia las artes plásticas (siglos VIII-VII a.C.), esas figuras elementales que hasta entonces fluctuaban en la imaginación de todos y en el canto de los aedos, comenzaron a encontrar una interpretación realista. Tan fuerte, sin embargo, era el símbolo que las vivificaba, que la imagen artística, materializada en el mármol o en la pintura, no eliminó lo sobrenatural; por el contrario, lo perpetuó.
Diosa Madre, Arte cretense
Esta fijación artística del mito no significó, sin embargo, su estancamiento. Mientras la civilización griega pasaba por transformaciones radicales, también el mito se modificaba, en respuesta a las nuevas condiciones económicas y psico-sociales. Se explica, así, cómo un mismo mito (o un mismo dios) haya adquirido, a lo largo del tiempo, una multiplicidad de significados y atribuciones. Así también nacieron o fueron importadas otras leyendas, que vinieron a combinarse con los mitos primitivos, volviendo todavía más complejo y más rico el mundo mitológico de los griegos.
Se nota, por ejemplo, que los dioses que aparecen en los grandes poemas de Homero (siglo IX a.C.), Ilíada y Odisea, ya no son exactamente los mismos de las tradiciones anteriores. Están más directamente interesados en las cuestiones humanas, y gustan de intervenir en las vicisitudes de los mortales. Así también sucede en Hesíodo (siglo VIII a.C.) autor de la Teogonía (y también del tratado Los Trabajos y los Días): cuando presenta la genealogía de los dioses griegos, se nota la tendencia a introducir un cierto orden en la confusa familia de las divinidades, usando un criterio que mucho refleja las condiciones económicas y sociales de la Grecia agraria de su época. En condiciones ya distintas, en los siglos VI y V a.C., cuando filósofos y dramaturgos manejan el material mítico, dioses y héroes deponen el halo de que los rodeaba el mito primitivo.

MiTo: VeRdAd Y FaNTaSíA

Templo de Neptuno en Paestum
La mitología helénica es una de las concepciones más geniales que la humanidad ha producido. Los griegos, con su fantasía, poblaron el cielo y la tierra, los mares y el mundo subterráneo de divinidades principales y secundarias. Amantes del orden, instauraron una categoría intermedia precisa para los semidioses y héroes. Grandes observadores, crearon nuevos nombres para los diferentes fenómenos de la realidad natural. La mitología griega se presenta como una transposición de la vida en zonas ideales. Superando el tiempo, se conserva todavía fresca con toda su serenidad, equilibrio y alegría. Pródigamente, ha alimentado la literatura y las artes a través de los siglos. La cultura occidental le debe mucho de su espíritu y su sentido, sino del propio hecho de existir.
Los griegos no fueron nunca grandes políticos ni crearon militarmente imperio durable alguno. Hasta se admite que su espíritu crítico haya contribuido a su fragmentación política en un puñado de pequeños estados. Pero ese espíritu crítico los llevó a la observación de la vida, el mundo y el hombre, para preguntarse: ¿cuál es el origen de los seres?
La respuesta que obtuvieron no apuntaba a la Nada, ni a un Dios creador, sino a un espacio abierto, que llamaban Caos, materia informe a la espera de ser organizada. No podían llegar a la Nada, porque para los griegos la Nada era impensable. Hasta su matemática ignora el cero. "De lo no existente ninguna cosa puede nacer, y ninguna cosa puede desaparecer en el no ser absoluto", dice el filósofo Empédocles (495? - 435? a.C.). No llegaron a la idea de un Dios creador absoluto, pues percibían que todo lo que existía, aunque se evidenciaba regido por una fuerza vital única, presentaba varias formas, diferentes maneras de ser, múltiples funciones, grados infinitos.
Por consiguiente, concibieron el Caos, algo ya existente, masa tosca y carente de estructura, donde fuerzas intrínsecas y latentes podrían (si organizadas) producir y perpetuar la vida. Su ordenación no es obra de un dios exterior al mundo. Al contrario, los propios dioses nacen, de alguna manera, de esa materia. Pues es la Tierra (condensación de la materia) que, en amoroso abrazo con el Cielo, da origen a las divinidades primordiales.
El hombre también nació así. Por eso, el poeta Píndaro (518 - 446 a.C.) canta: "Igual es el género de los hombres al de los dioses, pues todos recibimos la vida de la misma madre; sólo una fuerza completamente diferente distingue a los dioses".
Templo de Dioniso en Atenas
La fuerza que ordenó el Caos dejó en las entrañas de la Tierra una multiplicidad de poderes generadores, que engendraron todas las formas existentes en la superficie terrestre: seres vegetales y animales, trayendo cada cual dentro de sí su propio dáimon (espíritu, fuerza). La vida y sus manifestaciones son obra de un dáimon, que ellas guardan como elemento responsable de su manera de ser.
Aquí se encuentran las raíces del mito, como tentativa de penetrar, por medio de la imaginación, en lo que no se explica de otra manera: el misterio de la existencia.

Qué es la mitología
Con la palabra mitología se designan dos conceptos: el conjunto de mitos y leyendas que un pueblo imaginó, y el estudio de los mismos. La palabra viene del griego mythos, que significa fábula, y logos, tratado. El concepto de fábula no nos debe inducir a creer que el mito sea una ficción caprichosa de la imaginación. Dentro de la narrativa mítica se esconde un aspecto, un núcleo, que encierra una realidad.
Para la consciencia mítica todo debe haber tenido un origen. Si este origen quedó cubierto por las tinieblas del tiempo y del misterio, ello no significa que no pueda ser recuperado por la imaginación. La realidad de las cosas está ahí para demostrar la repetición de los orígenes en los ciclos de la vida. La temporalidad de los acontecimientos poco interesa. Interesa, sí, el hecho de que se repiten: por eso son perennes.
El mito consiste en esta "historia perenne": es la historia de los acontecimientos que no tienen fin porque se repiten. Reconociendo en cada acto cotidiano una participación en los grandes ciclos de la vida (que no son más que la repetición de los ciclos-modelo narrados por la mitología) el hombre se siente participar de la gran eternidad mítica, y se libera de su transitoriedad. Participando de sus orígenes, el hombre consigue, si no propiamente sobrevivir, vivir integralmente. Dentro de la mentalidad mítica, la propia muerte puede tener sentido.
Templo de Apolo en Pompeya
Pero esta reconciliación del hombre con la vida y con la muerte (la una imposible sin la otra) mal puede distinguirse de la integración total en la naturaleza, especialmente en la naturaleza viva. A través de la mitología (desde las más primitivas hasta las más moderna de sus formas, disfrazada de ficción científica) siempre el hombre buscó abreviar la distancia que lo separa del universo irracional. El mito busca superar este abismo, al mezclar todos los orígenes. No sólo del mundo y del hombre, sino también de los animales y de las plantas: todo lo que nace, vive, es sexuado, organizado, se deshace y muere; pero vuelve y continúa.
Debido a su cáracter fundamental, el mito conserva hasta nuestros días vitalidad y presencia grandiosa: trata los mismos problemas (existenciales, morales y sociales) que continúan afligiendo a la humanidad. Por eso el hombre no ha dejado de crear nuevos mitos, aunque haya pisado la Luna.
Mircea Eliade, en su trabajo Mito y Realidad, define de manera ejemplar la estructura y la finalidad del mito: "... De modo general, se puede decir que el mito, tal como es vivido por las sociedades arcaicas, 1) constituyó la Historia de los actos de los Entes Supremos; 2) que esa Historia es considerada absolutamente verdadera (porque se refiere a la realidad) y sagrada (porque es obra de los Entes sobrenaturales); 3) que el mito se refiere siempre a una 'creación', contando cómo algo vino a la existencia, o cómo se establecieron una norma de comportamiento, una institución, una manera de trabajar; ésa es la razón por la cual los mitos constituyen los paradigmas de todos los actos humanos significativos; 4) que, conociendo el mito, se conoce el 'origen' de las cosas, llegándose en consecuencia a dominarlas y manipularlas a gusto; no se trata de un conocimiento que es 'vivido' ritualmente, sea narrado ceremonialmente el mito, sea efectuando el ritual al que sirve de justificación; 5) que, de una u otra manera, 'se vive' el mito, en el sentido en que se está impregnando por el poder de lo sagrado, que exalta los eventos rememorados o ritualizados."