3.6.13

Capítulo 3. JÚPITER.

Júpiter, el hijo de Cronos y Rea.

Largos insomnios vivió Cronos (Saturno), los ojos clavados en las tinieblas del mundo, en busca de una respuesta: ¿Cómo evitar que se cumpliese la terrible profecía de la madre Gaia (la Tierra)? ¿Cómo impedir que uno de sus propios hijos le usurpase el trono?
Tras muchos planes y ardides, confusión y temor, la respuesta fulguró en medio de la noche. Cronos, de un salto, se irguió y corrió junto a Rea (también llamada Cibeles), su mujer. Pero no le dirigió palabra alguna. En silencio, tomó a su primer hijo, que acababa de nacer, y lo devoró. Fue el inicio de una larga rutina.
Otros niños dio a luz la pobre diosa. Sin embargo, no tuvo la alegría de arrullar a ninguno. Estaba cansada. Vivía sin felicidad. Necesitaba hallar una solución definitiva para salvar al hijo que ahora abrigada en el vientre. Buscó pues a la sabia Gaia y, con su ayuda, trazó un plan.
Llegado el momento del parto, y eludiendo la inexorable vigilancia del marido, Rea se ocultó en una caverna distante, en los densos bosques de Creta. Allí vino Zeus (Júpiter) al mundo.
Cuando Gaia, la Madre Tierra, hubo acogido al niño en sus brazos, la diosa Rea retornó al hogar. Vibraba de alegría, pero también de miedo: el ardid tan cargado de esperanzas podía fallar.
El amor por el hijo, entretanto, calmó los recelos. Rea recogió del suelo una piedra, la envolvió en gruesos pañales y se la entregó a Cronos, quien sin notar el engaño la ingirió rápidamente. Entonces la madre de Zeus suspiró aliviada.
Salvó a su hijo, pero selló la profecía: en un día próximo, el último retoño de Cronos tomaría las armas para dar término al sombrío reinado de su padre, el dios del Tiempo, que se come a sus propios hijos. Y se instalaría para siempre en el trono del mundo.


Júpiter criado entre las ninfas.

Breve fue el engaño de Cronos, (Saturno), pues pronto descubrió haber devorado una piedra en vez de un hijo. Con aullidos de furor y a grandes pasos salió el dios a barrer el mundo en busca del heredero que más tarde sería su invencible enemigo.
"Ni en el cielo, ni sobre la tierra, ni en el mar" habría de encontrarlo. Porque, en los densos bosques de Creta, ramajes y rumores escondían al niño Zeus (Júpiter).
En lo alto de un árbol, las Ninfas ocultaron al pequeño dios, para que el padre voraz no pudiera verlo. Pero lo que los ojos no encontraron, tal vez los oídos llegasen a descubrirlo. Por eso previeron nuevas precauciones. Llamaron a los Curetes, guerreros sacerdotes de la madre Rea (Cibeles) y les pidieron que, al pie del árbol, cantasen vibrantes himnos y bailasen golpeando fuertemente sus escudos con sus armas. Era preciso tapar el llanto del niño.
Así creció tranquilo el hijo de Cronos, oculto por los clamores de los Curetes y por las sombras de la densa fronda.
Las abejas del monte Ida le ofrecían la miel que endulza el espíritu. En cuanto a la leche que fortalece el cuerpo, se la proporcionaba la cabra Amaltea.
Era un animal tan feo, esa insólita ama, que en otros tiempos los Titanes habían rogado a la Tierra que la encerrase en una caverna para alejarla de sus miradas. Fue así como la cabra fue a parar a la isla de Creta y ganó el privilegio de amamantar al dios.
El niño Zeus, mientras tanto, no se asustaba de la fealdad del animal. Al contrario, demostraba gran placer en corretear con ella por el campo. Un día, en medio de la diversión, le arrancó un cuerno que entregó a las Ninfas con la promesa de que todos los frutos que desearan los encontrarían allí. Era la Cornucopia, o cuerno de la abundancia.
Por fin se cumplió el tiempo de la infancia. Era la hora de cumplir la profecía de Gaia (la Tierra).
Muerta Amaltea, de su piel se hizo el dios para sí una cota impenetrable, la égida (más tarde premió a Amaltea convirtiéndola en constelación celeste, la de Capricornio). Y, llevando en los oídos los ecos de los cánticos y las peces de los antiguos amigos, partió a combatir contra su padre y a asegurarse el dominio del cielo y de la tierra.


La bella Europa y el toro blanco

Una playa de Tiro. Las ondas acarician ligeramente las flores silvestres, que llegan hasta las arenas. La brisa lleva lejos el claro sonido de risas y voces. El sol dora tiernamente la aterciopelada piel de las doncellas que allí se divierten.
Europa, la más bella entre todas, hija del fenicio Agenor, poderoso rey de la ciudad más célebre de esa costa asiática, corre por la playa, danzando al compás de su propio canto y lanzando pétalos de colores a los ágiles pies de sus compañeras.
Súbitamente, un toro blanco. Susto general. Gritos de miedo. Fugas despavoridas al abrigo de los arbustos.