Eros, el Amor, herido por sus propias saetas
Ya
casi nadie frecuentaba el templo de Afrodita para rendir culto a la
divina Belleza. Pero, mientras el santuario se iba convirtiendo poco
a poco en una ruina, de todas partes llegaban a la ciudad los
peregrinos que iban a admirar la extraordinaria hermosura de una
simple mortal: la princesa Psiquis.
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| Eros, del Parmigianino |
Eros
parte para cumplir la misión. Pero la belleza de la mortal era tan
grande que tuvo el poder de deslumbrar hasta a su corazón divino. Al
verla, fue como si Eros hubiera sido traspasado por una de sus
propias flechas. Víctima del encantamiento en que enredaba a dioses
y mortales, el dios se hirió de amor.
Enamorado,
no dijo nada a su madre, se limitó a convencerla de que, finalmente,
estaba libre de su rival. Al mismo tiempo que oculta sus
sentimientos, hace a Psiquis inalcanzable a los amores terrenos.
Aunque todos los hombres la admiren, ninguno se enamora de ella.
Contemplan extasiados su belleza, que ahora parece aureolada de
distancia e inalcanzable, pero eligen a las hermanas de la princesa,
quienes, a pesar de ser infinitamente menos bellas, se casan pronto
con reyes. Psiquis, amada por Eros, permanece sola.
Psiquis y el Amor velado
La
soledad de Psiquis preocupaba y entristecía a sus padres, que
querían verla bien casada, como sus hermanas. Y así decidieron ir a
consultar al oráculo de Apolo, a fin de solicitarle orientación y
ayuda.
Pero
Eros también había acudido a Apolo y lo había hecho su aliado en
la conquista amorosa. Y, para auxiliar a su compañero del Olimpo, el
dios de la luminosidad ordenó por el oráculo a los padres de la
princesa que la vistieran con ropas nupciales y la condujesen a lo
alto de determinada colina; allí, una serpiente alada y pavorosa,
más fuerte que los propios dioses, iría a convertirla en su mujer.
La
revelación del oráculo era terrible. La bella Psiquis parecía
tener reservado un destino horroroso. Aunque desesperados, el rey y
la reina no podían sino cumplir con lo que les había sido ordenado.
Y como si la preparasen para sus funerales, entre lamentos y llantos,
vistieron a su hija para las bodas y la llevaron a la colina.
Dejada
sola, la hermosa princesa aguarda valientemente que se cumpla su
triste destino. Exhausta por la prolongada y tensa espera, se duerme.
Y hasta ella llega la suave brisa de Céfiro (el dios viento del
Oeste), que la arrebata, transportándola dormida a una planicie
cubierta de flores. Cerca corren las aguas claras de un arroyo. Más
adelante se levanta un magnífico castillo.
Al
despertar, encantada con el deslumbrante escenario, Psiquis oye una
voz que la invita a entrar en el castillo, a bañarse y después a
comer. Atravesando corredores y salas, no encuentra a nadie. Y, sin
embargo, se siente como si estuviera siendo observada.
Durante
la comida, la envuelve suave música, pero continúa sin ver a nadie.
Está aparentemente sola en el espléndido palacio. En su fuero
íntimo, sin embargo, presiente que, al caer la noche, llegará el
esposo que le fuera prometido, la temible serpiente alada.
Y
realmente, al anochecer, protegido por la oscuridad, Eros se aproxima
a ella. Psiquis no le puede ver el rostro; sin embargo, ya no la
aflige temor alguno, alejado por las palabras apasionadas y las
ardientes caricias del dios.
Psiquis restablece lazos terrenales
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| Baño de Eros y Psiquis. Escuela de Giulio Romano. |
Durante
algún tiempo Psiquis se entregó a ese amante velado, que la
visitaba oculto por las sombras de la noche. Aun sin ver su cara, la
princesa le profesaba intenso amor.
En
una de esas visitas nocturnas, evidenciando señales de preocupación,
Eros le hizo una advertencia: que se precaviese contra la desgracia
que sus hermanas le podrían acarrear. Estas, le reveló, estaban
junto a la colina donde había sido dejada y la lloraban. Pero
Psiquis no debía dejarse conmover por sus lágrimas. Al contrario,
dijo Eros, era necesario que no se dejara ver por sus hermanas. Del
mismo modo, agregó, para evitar la desgracia, no debería intentar
jamás ver el rostro del amado.
La
princesa prometió ambas cosas, pero se dejó embargar por la
tristeza de no poder ver ni consolar a sus hermanas, que la creían
desgraciada junto a un monstruo terrible. Y tanto lloró y pidió,
que Eros finalmente consintió en la visita de las jóvenes. Sin
embargo, aclaró: acercándose nuevamente a ellas, Psiquis estaba
reanudando lazos terrenales y labrando su propio sufrimiento. Después
le hizo prometer nuevamente lo más importante de todo: no intentaría
ver su rostro.
Al
día siguiente, Céfiro llevó al palacio a las hermanas de Psiquis.
Al principio, sólo hubo la alegría del reencuentro. A las preguntas
de las jóvenes sobre el marido, sin embargo, la amada de Eros
respondió exclusivamente con evasivas. Dijo sólo que el dueño de
tan maravilloso castillo era joven y bello, y que se había ausentado
para asistir a una cacería.
Pronto
el sentimiento de las hermanas para con Psiquis fue cambiando. Antes,
la lloraban imaginándola desgraciada; después, partieron envidiosas
de su felicidad. Y la envidia es mala consejera.
Atendiendo a los insistentes ruegos de la amada, Eros permitió que las dos hermanas de Psiquis retornaran al castillo. A partir de esa vez, movidas por la envidia, astutamente hicieron que la desconfianza se insinuase en el corazón de la princesa. Se habían dado cuenta, por las reticencias y contradicciones que tenían sus palabras, que ella no sabía quién era su marido, al que ni siquiera había visto el rostro. ¿Cómo podía estar segura de que no se trataba del monstruo descrito por el oráculo de Apolo? Y si realmente era hermoso y joven, ¿por qué se ocultaba siempre en las sombras de la noche?
El Amor no vive sin confianza
Atendiendo a los insistentes ruegos de la amada, Eros permitió que las dos hermanas de Psiquis retornaran al castillo. A partir de esa vez, movidas por la envidia, astutamente hicieron que la desconfianza se insinuase en el corazón de la princesa. Se habían dado cuenta, por las reticencias y contradicciones que tenían sus palabras, que ella no sabía quién era su marido, al que ni siquiera había visto el rostro. ¿Cómo podía estar segura de que no se trataba del monstruo descrito por el oráculo de Apolo? Y si realmente era hermoso y joven, ¿por qué se ocultaba siempre en las sombras de la noche?
Psiquis
acabó, así, minada por la duda y el miedo. Aceptó finalmente el
consejo de sus hermanas, larga y maliciosamente planeado. Debía
preparar una lámpara y un cuchillo afilado. Con la primera,
explicaron las muchachas, debía intentar ver el rostro del esposo;
con el segundo, matarlo si era un monstruo.
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| Venus venda al Amor, de Ticiano. |
Durante
todo el día Psiquis se debatió entre la incertidumbre y el temor.
Amaba a su marido, con quien fuera feliz hasta ese momento; pero ¿y
si él pretendiese asesinarla? Sólo había una manera de aplacar las
dudas que la asaltaban desde que oyera las advertencias de las
hermanas: ver el rostro del amado y descubrir si era o no el terrible
monstruo de que hablara el oráculo.
Por
la noche regresa Eros, ardiente y apasionado como siempre. Mientras
se entrega a sus arrebatos amorosos, Psiquis olvida el propio miedo y
la duda. Pero, en cuanto Eros se duerme, la incertidumbre vuelve a
afligirle el corazón. Silenciosamente, va a buscar la lámpara e
ilumina el rostro del esposo. Y se detiene deslumbrada: no es un
monstruo, al contrario, es el ser más hermoso que jamás ha podido
existir.
Emocionada
y arrepentida, la joven cae de rodillas. Sin querer, sin embargo,
derrama una gota del aceite caliente de la lámpara sobre el hombro
del amado. Este despierta sobresaltado y se da cuenta de lo sucedido.
Su hermoso rostro se cubre de profunda tristeza. Y, sin decir
palabra, Eros se va.
Psiquis
intenta alcanzarlo en medio de las tinieblas de la noche. Es inútil.
Sólo oye una voz que a lo lejos le reprocha tristemente: "El
Amor no puede vivir sin confianza".
Abandonada
y desesperada, la hermosa Psiquis se echa a recorrer el mundo entero
en busca de su amor perdido.
Eros regresó junto a su madre y le pidió
que le curase la herida del hombro. Pero cuando le contó lo
sucedido, Afrodita se enfureció. Comprendiendo que había sido
engañada por su propio hijo, y todo por aquella simple mortal, causa
de sus celos, alimentó desde entonces un solo pensamiento: encontrar
a su rival y castigarla.
La infeliz princesa vagó de templo en templo, pidiendo el auxilio de todos los dioses, rogándoles que la ayudaran a recuperar su amor perdido. Pero todos, temiendo la furia de Afrodita, se negaron a ayudarla. Como último recurso, Psiquis decidió acudir a la presencia de la propia Afrodita, en la esperanza de que Eros se encontrara en su compañía. Pero junto a la diosa no encontró sino burlas y la imposición de una serie de pruebas humillantes.
La primera tarea que le ordenó Afrodita consistía en separar, antes de la noche, una cantidad inmensa de granos pequeños de diversa especie. Parecía imposible cumplirla en el plazo establecido. Pero tan grande era el sufrimiento de Psiquis, y tan angustiado su llanto, que despertó la compasión de las hormigas del lugar. Las que en muchedumbres sucesivas cargaron todos los granos y, separándolos por especies, los juntaron en varios montículos.
Llegada la noche, Afrodita se encontró con el trabajo terminado y se irritó todavía más. Ordenó entonces a Psiquis que se acostara a dormir en el suelo, y por alimento sólo le dio un mendrugo seco. Esperaba destruir así la belleza de la mortal que le había alejado el culto y la admiración de los hombres.
Por otra parte, la diosa cuidó de que Eros permaneciese encerrado en sus aposentos, donde convalecía de su quemadura. Temía que, volviendo a ver a la amada, él se dejara seducir nuevamente por sus encantos.
A la mañana siguiente, una nueva y peligrosa tarea aguardaba a
Psiquis. Debía ir a un valle dividido por un arroyo, y allí
esquilar los carneros que pastaban en el lugar. La lana de esos
carneros era de oro y la caprichosa Afrodita quería para sí un poco
de ella.
Tras mucho caminar, la joven llegó al lugar indicado por la diosa. Por el cansancio y la desesperación hasta pensó en ahogarse en el arroyo y terminar así de una vez sus sufrimientos. En ese instante de vacilación entre su intención y la muerte, se dejó oír una voz, proveniente de los juncos de la ribera del arroyo. La voz le traía consuelo y orientación: no era necesario enfrentarse con los carneros para tratar de esquilarlos; bastaba esperar que saliesen de los bosquecillos de arbustos para ir a beber; en las espinas quedarían presas hebras de lana, que sería fácil recoger. Psiquis siguió el consejo de la voz y así lo hizo.
Pero, al recibir la lana dorada, Afrodita no se dio por satisfecha. Alegando que seguramente la princesa había sido ayudada en la ejecución de su tarea, le encargó un nuevo trabajo. Tenía que subir a la cascada que provenía del nacimiento del río Estigia y traerle un frasco de aquella agua oscura.
Las piedras cercanas a la cascada eran escarpadas y resbaladizas, y la caída del agua extremadamente violenta. Imposible satisfacer la exigencia de Afrodita. Sólo pudiendo volar realizaría Psiquis la tarea. Estaba ya dispuesta a desistir, cuando de las alturas descendió un águila que le tomó de entre las manos el frasco, voló hasta la fuente y recogió en el frasco una cantidad suficiente del líquido negro.
Pero el agua del Estigia tampoco sació la sed de venganza de Afrodita. Y, así, ordenó a Psiquis que ejecutara otra difícil tarea: ir al Hades (Infiernos) a persuadir a Persefone (Proserpina) de que pusiera en una caja, mágicamente, un poco de su belleza. Como pretexto, diría a la reina de los Infiernos que Afrodita necesitaba de esa belleza para recuperarse de las largas vigilias que había pasado a la cabecera del hijo enfermo.
Psiquis partió, buscando el camino de los Infiernos. Ya había caminado mucho y se encontraba perdida, cuando una torre, apiadada de su aflicción, se ofreció a ayudarla. Minuciosamente le describió todo el itinerario que llevaba al reino de Persefone, donde vagaban las sombras de los muertos en fúnebre cortejo. Psiquis debía recorrer un largo túnel, a cuyo término encontraría el río de la muerte. Para atravesarlo tendría que pagar un óbolo al barquero Caronte, que la conduciría a la otra orilla. Entonces seguiría el camino que llevaba directamente al palacio de Persefone. Ante el portón del oscuro edificio encontraría a Cerbero, vigilante perro de múltiples cabezas, cuya ferocidad debía ablandar ofreciéndole un bollo.
Psiquis hizo lo que la torre le indicó, y así consiguió llegar a la presencia de Persefone. De buen grado la reina de los muertos atendió el pedido de la joven, a la que entregó la caja solicitada por Afrodita.
El regreso le resultó a Psiquis más fácil. En sus manos transportaba el fruto de la misión cumplida, pero todavía estaba lejos la hora en que recuperaría el amor.
La próxima prueba por la que habría de pasar Psiquis no le fue
impuesta por los celos de Afrodita, sino por su propia vanidad.
Temiendo que los sufrimientos y tribulaciones la hubieran afeado,
creyó no parecer atrayente a los ojos de Eros el día que volviese a
encontrarlo. Quizá en la caja de Persefone estuviera la belleza
perdida. La tentación era grande. Y Psiquis no resistió: en mitad
del camino abrió la caja. Para su sorpresa, no encontró nada. Pero
la acometió tal sueño que cayó dormida allí mismo, como si
estuviera bañada por la belleza de la muerte.
Mientras dormía inerte en medio del camino, Eros, curado de su herida, abandonaba la mansión materna burlando la estrecha vigilancia de Afrodita, y salía por el mundo en busca de su amada. Vagó por todas partes, hasta que, finalmente, la halló acostada a la intemperie. Aprisionó al Sueño que pesadamente le cerraba los ojos, y lo volvió a poner en la caja. Con gran suavidad la amonestó por la curiosidad que le hiciera destapar la caja y, después, le mandó que la entregara a Afrodita, actuando como si nada hubiese ocurrido. Las pruebas de Psiquis habían llegado a su fin. Para tener la certeza de que nada más le acontecería a la amada, Eros se dirigió al Olimpo y pidió a Zeus (Júpiter) que lo uniese en matrimonio con la bella joven.
El soberano de los dioses recordó en esa ocasión cuántos momentos desagradables había vivido por causa de Eros. Pero, a pesar de ello, resolvió complacerlo. Reunió a los dioses en asamblea y declaró que Eros y Psiquis deseaban casarse. Para lo cual, sin embargo, era necesario que la princesa recibiese el privilegio de la inmortalidad. Hermes (Mercurio) el mensajero del Olimpo, fue a buscar a Psiquis y la presentó a los dioses. El mismo Zeus le dio a comer la ambrosía que le confirió la inmortalidad. Luego la declaró oficialmente esposa de Eros.
Los celos de Afrodita se volvieron impotentes. Psiquis ahora era inmortal y estaba unida a Eros para siempre. Nada podía separarlos. Y de esa unión nació Volupia.
Psiquis en busca del Amor perdido
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| El Amor, del Parmigianino. |
La infeliz princesa vagó de templo en templo, pidiendo el auxilio de todos los dioses, rogándoles que la ayudaran a recuperar su amor perdido. Pero todos, temiendo la furia de Afrodita, se negaron a ayudarla. Como último recurso, Psiquis decidió acudir a la presencia de la propia Afrodita, en la esperanza de que Eros se encontrara en su compañía. Pero junto a la diosa no encontró sino burlas y la imposición de una serie de pruebas humillantes.
La primera tarea que le ordenó Afrodita consistía en separar, antes de la noche, una cantidad inmensa de granos pequeños de diversa especie. Parecía imposible cumplirla en el plazo establecido. Pero tan grande era el sufrimiento de Psiquis, y tan angustiado su llanto, que despertó la compasión de las hormigas del lugar. Las que en muchedumbres sucesivas cargaron todos los granos y, separándolos por especies, los juntaron en varios montículos.
Llegada la noche, Afrodita se encontró con el trabajo terminado y se irritó todavía más. Ordenó entonces a Psiquis que se acostara a dormir en el suelo, y por alimento sólo le dio un mendrugo seco. Esperaba destruir así la belleza de la mortal que le había alejado el culto y la admiración de los hombres.
Por otra parte, la diosa cuidó de que Eros permaneciese encerrado en sus aposentos, donde convalecía de su quemadura. Temía que, volviendo a ver a la amada, él se dejara seducir nuevamente por sus encantos.
Psiquis viaja a los Infiernos
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| Venus, Baco y Amor, de Hans von Aachen. |
Tras mucho caminar, la joven llegó al lugar indicado por la diosa. Por el cansancio y la desesperación hasta pensó en ahogarse en el arroyo y terminar así de una vez sus sufrimientos. En ese instante de vacilación entre su intención y la muerte, se dejó oír una voz, proveniente de los juncos de la ribera del arroyo. La voz le traía consuelo y orientación: no era necesario enfrentarse con los carneros para tratar de esquilarlos; bastaba esperar que saliesen de los bosquecillos de arbustos para ir a beber; en las espinas quedarían presas hebras de lana, que sería fácil recoger. Psiquis siguió el consejo de la voz y así lo hizo.
Pero, al recibir la lana dorada, Afrodita no se dio por satisfecha. Alegando que seguramente la princesa había sido ayudada en la ejecución de su tarea, le encargó un nuevo trabajo. Tenía que subir a la cascada que provenía del nacimiento del río Estigia y traerle un frasco de aquella agua oscura.
Las piedras cercanas a la cascada eran escarpadas y resbaladizas, y la caída del agua extremadamente violenta. Imposible satisfacer la exigencia de Afrodita. Sólo pudiendo volar realizaría Psiquis la tarea. Estaba ya dispuesta a desistir, cuando de las alturas descendió un águila que le tomó de entre las manos el frasco, voló hasta la fuente y recogió en el frasco una cantidad suficiente del líquido negro.
Pero el agua del Estigia tampoco sació la sed de venganza de Afrodita. Y, así, ordenó a Psiquis que ejecutara otra difícil tarea: ir al Hades (Infiernos) a persuadir a Persefone (Proserpina) de que pusiera en una caja, mágicamente, un poco de su belleza. Como pretexto, diría a la reina de los Infiernos que Afrodita necesitaba de esa belleza para recuperarse de las largas vigilias que había pasado a la cabecera del hijo enfermo.
Psiquis partió, buscando el camino de los Infiernos. Ya había caminado mucho y se encontraba perdida, cuando una torre, apiadada de su aflicción, se ofreció a ayudarla. Minuciosamente le describió todo el itinerario que llevaba al reino de Persefone, donde vagaban las sombras de los muertos en fúnebre cortejo. Psiquis debía recorrer un largo túnel, a cuyo término encontraría el río de la muerte. Para atravesarlo tendría que pagar un óbolo al barquero Caronte, que la conduciría a la otra orilla. Entonces seguiría el camino que llevaba directamente al palacio de Persefone. Ante el portón del oscuro edificio encontraría a Cerbero, vigilante perro de múltiples cabezas, cuya ferocidad debía ablandar ofreciéndole un bollo.
Psiquis hizo lo que la torre le indicó, y así consiguió llegar a la presencia de Persefone. De buen grado la reina de los muertos atendió el pedido de la joven, a la que entregó la caja solicitada por Afrodita.
El regreso le resultó a Psiquis más fácil. En sus manos transportaba el fruto de la misión cumplida, pero todavía estaba lejos la hora en que recuperaría el amor.
Eros y Psiquis, unidos para siempre
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| Mercurio, Cupido y Venus, del Correggio |
Mientras dormía inerte en medio del camino, Eros, curado de su herida, abandonaba la mansión materna burlando la estrecha vigilancia de Afrodita, y salía por el mundo en busca de su amada. Vagó por todas partes, hasta que, finalmente, la halló acostada a la intemperie. Aprisionó al Sueño que pesadamente le cerraba los ojos, y lo volvió a poner en la caja. Con gran suavidad la amonestó por la curiosidad que le hiciera destapar la caja y, después, le mandó que la entregara a Afrodita, actuando como si nada hubiese ocurrido. Las pruebas de Psiquis habían llegado a su fin. Para tener la certeza de que nada más le acontecería a la amada, Eros se dirigió al Olimpo y pidió a Zeus (Júpiter) que lo uniese en matrimonio con la bella joven.
El soberano de los dioses recordó en esa ocasión cuántos momentos desagradables había vivido por causa de Eros. Pero, a pesar de ello, resolvió complacerlo. Reunió a los dioses en asamblea y declaró que Eros y Psiquis deseaban casarse. Para lo cual, sin embargo, era necesario que la princesa recibiese el privilegio de la inmortalidad. Hermes (Mercurio) el mensajero del Olimpo, fue a buscar a Psiquis y la presentó a los dioses. El mismo Zeus le dio a comer la ambrosía que le confirió la inmortalidad. Luego la declaró oficialmente esposa de Eros.
Los celos de Afrodita se volvieron impotentes. Psiquis ahora era inmortal y estaba unida a Eros para siempre. Nada podía separarlos. Y de esa unión nació Volupia.








